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Jesús Franco Manera nació en Madrid, el doce de mayo de 1930. Era más conocido como Jess Franco o Jess Frank. Falleció en Málaga, el dos de abril de 2013, es decir, hoy mismo. Fue, principalmente, director de cine. También, en menor medida, guionista y músico. Su vida, uno está tentado con las descripciones, fue también una gran película o una magnífica biografía que están todavía por rodarse y escribirse.

Franco tocaba jazz en algunos garitos, de aquí y de allí, sea Madrid o sea París. Escribió novelas baratas bajo el seudónimo de David Kuhnne. Luego compuso para las películas, fundamentalmente las españolas, en estado de precariedad debido al franquismo restrictivo bajo el que empezaban a emerger talentos singulares. Luego, en los años cincuenta, fue ayudante de dirección de gentes como Juan Antonio Bardem, nada menos. Luego logró adentrarse en el cine con su primera película ‘Tenemos 18 años’ (id, 1959) y empezó una carrera que abarca la cifra tremenda de 199 películas.

En los años sesenta, trabajó con Orson Welles en varias de sus películas, entre ellas su versión del Quijote de Cervantes cuyo montaje (de calamitosa recepción crítica) supervisó para el estado en la famosa Expo de Sevilla del 92. Desde entonces, y cada vez con menos distribución en España, Jesús Franco rodó películas sin parar, de todo tipo, abundando en aquellas que eran experimentales, cada vez más alejadas de la estructura y más cercanas al jazz, forma liberadora que nunca dejó de abrazar toda su vida.

Se sumergía en las convenciones del horror, la ciencia ficción, el erotismo, el relato criminal y el relato detectivesco, pero rara vez las seguía a rajatabla o con fines laudatorios. Su amplio desinterés por hacer un cine convencional, genérico, le convirtió en una figura de culto cuyo reconocimiento llegó tardíamente y siempre de circuitos de cinefilia más heterodoxa y de programas más insólitos.

Cuando Quentin Tarantino usa uno de sus temas en la banda sonora de ‘Jackie Brown’ (id, 1997) se pudo comprobar un pequeño resurgir en el espectador por su cine, pero nunca gozó de un estatus fílmico estable. Lo cual es, si somos honestos, del todo razonable. No resulta extraño que hayan sido gentes como Tarantino o Edgar Wright, cineastas cuya educación cinematográfica es libertaria y punk, los que hayan recordado hoy a Franco. Ellos, ajenos al prejuicio desde el academicismo, han concebido el cine como maquinaria de placer.

Porque el lugar de Franco debía ser incómodo. Decía hoy en twitter Claudio Rancio que “con Franco nunca se sabe donde acaba la libertad y comienza la negligencia. Tampoco importa demasiado”. Y es absolutamente cierto. Es muy difícil obviar que el trabajo de Franco ha sido siempre con la incomodidad y desde la periferia. ¿Quién puede reivindicar el delirio europeo lleno de hermosas imágenes, vampiras y banda sonora psicodélica de ‘Vampyros Lesbos’ (id, 1971) sin comprender el singular arrebato de Soledad Miranda o del cine más allá de una concepción estética o narrativa dominante? Pocos, indudablemente. Álex Mendíbil ha intentado hacerlo en el Franconomicon, acercamiento radical y absolutamente nuevo as u obra, hecho desde el conocimiento y la defensa sin tapujos o disculpas, pero tampoco desde el antiintelectualismo. Seguramente desde nuestro idioma y nuestro país, donde Franco tuvo siempre un lugar menos relevante que en otros sitios donde el cine más bizarro y extraño ha encontrado ya estudiosos y otros amparos, este será el punto de partida para entender su obra o sus constantes.

Aunque le salieron discípulos, como Pedro Temboury, eran ya distintos. La raigambre de placer que dejó Franco muere con él.: su idea del cine era tan apegada a la belleza y a la irregularidad, tan absolutamente insólita que hoy no solamente muere un hombre sino que se cierra una manera muy especial y rompedora de hacer cine. No me parece sorprendente que Jean-Luc Godard fuera su director favorito de la historia del cine. Reconoció en su contemporáneo, tan distinto en propósitos y en trayectos, otra alma que buscaba la libertad en la escritura en imágenes.

Algunos títulos de Franco, para mi imprescindibles.: ‘Gritos en la noche’ (id, 1962), ‘Lucky, el Intrépido’ (1967), ‘Eugénie’ (id, 1974) y ‘El sádico de Notre-Dame’ (L’eventreur de Notre-Dame1 1979). Renuncian todas a ser lo que pretenden en principio y alcanzan grados diversos y extraños de placer, belleza y diversión. Porque Franco era el cine y también sus actores: Christopher Lee, Lina Romay, Howard Vernon, Antonio Mayans….y sobre todos ellos, la hechizante y genial Soledad Miranda. ¿Y para qué hacía ese cine, siempre en los límites (del videoensayo, de la serie Z, de la serie B, del género de explotación)?

Para vivir, para seguir viviendo, para rodar, para no rodar de menos, para montar y para desmontar, para alimentarse y para alimentar, para crear imágenes inolvidables y horas perdidas. No era solamente una cuestión de lenguaje o magisterio, era una obra que no puede entenderse sin comprender como esa vida se hizo toda de la magnitud de lo alcanzado película tras película, sin descanso.

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