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Ya a principios de la pasada década, Steven Soderbergh decía que estaba harto del negocio del cine, y que no tardaría en dejarlo. Algunos años después, con motivo de su olvidable díptico sobre Ernesto “Che” Guevara, repetía más o menos las mismas palabras, aunque parecía que iba más en serio. Sin embargo, no lo dejó, y siguió haciendo películas como churros. Ahora parece que la cosa es de verdad, que el cineasta se ha cansado de todo, y que tras finalizar los proyectos que ya tiene firmados, deja el cine para siempre a sus casi cincuenta años. Resulta sintomático que, si un director de éxito (entendido el éxito no solamente por el hecho de haber filmado grandes éxitos de taquilla, que también los tiene, además por una envidiable continuidad en su trabajo, por libertad creativa, por la atención de los medios de comunicación…) como Soderbergh declara estar harto del tinglado del cine, de la inquina y la mala baba de tantos compañeros y mandamases, que le han hecho perder la ilusión por filmar películas, da que pensar sobre el hecho de que otros que lo tienen mucho peor que él sigan al pie del cañón.

Pero, haciendo memoria, Soderbergh no ha sido precisamente un dechado de estoicismo, pues ya a mediados de los años noventa, después de ganar la Palma de Oro de Cannes con su primer largometraje, entraba en una fase de depresión y de escepticismo con el cine, cuando comprobaba que sus siguientes caprichos estéticos no recibían la misma atención que su debut. Hubo de reciclarse y entrar en una fase más comercial, la misma que probablemente ha terminado quemándole. Sin embargo, esos proyectos comerciales le permitieron levantar proyectos más arriesgados y personales, ninguno de los cuales ha merecido excesivos elogios por parte de ningún sector de la crítica. Hablamos de un director de carrera muy desigual, que creo que dentro de veinte o treinta años no será recordado como un director de referencia, ni mucho menos. Más bien como un artesano con ínfulas de autor que tuvo algún que otro acierto, algunos éxitos de taquilla, y alguna cinta valiosa. Es un bagaje pobre para una carrera de veinticinco películas como director, en veintipico años de trayectoria.

Soderbergh fue, a principios de los años noventa, el rey del cine independiente americano. Rey por un día de una etiqueta tan superficial y artificial como la de Independiente (a fin de cuentas, independiente es todo aquel que hace la película que quiere, cuando quiere, ya sea de medio millón, o de doscientos millones de dólares…), con la sorpresa que representó la un tanto sobrevalorada (¿alguien se acuerda bien de ella hoy día?) ‘Sexo, mentiras y cintas de vídeo’ (‘Sex, Lies, and Videotapes, 1989), que escribió, montó y dirigió a la edad de veintiséis años, con lo que se convirtió en el cineasta más joven en recibir el gran galardón de Cannes. Tras este, llegaron cuatro películas que borraron de un plumazo el prestigio tan rápidamente obtenido, y que a día de hoy son muy difíciles de encontrar. Ya por entonces los críticos acusaban a Soderbergh, y puede que razón no les faltara a tenor de lo visto después, de excesivamente experimental, de no tomarse demasiado en serio el cine, de dubitativo, de inseguro. Él mismo ya comentaba la falta de motivación que le producía a menudo el cine. Pero se ve que buscaba nuevas fronteras, y con la divertida ‘Un romance muy peligroso’ (‘Out of Sight’, 1998) inició una nueva etapa, en la que el gusto por lo setentero, la presencia de estrellas, el intento de mezclar el cine de género con una mirada personal, serían casi la norma a seguir.

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Un gran título entre la trivialidad

El problema es que fundir personalidad con comercialidad es algo que muy pocos artistas han logrado con éxito, y Soderbergh siempre se queda a las puertas. Es decir, en terreno de nadie. Tras la interesante ‘El halcón inglés’ (‘The Limey’, 1999), llegó su momento de mayor éxito y reconocimiento con dos títulos en un año que le valieron sendas nominaciones al Oscar. Era la primera vez, desde que Michael Curtiz lo lograra por ‘Ángeles con caras sucias’ (‘Angels with Dirty Faces’) y ‘Four Daughters’, ambas de 1938, que un director lograba dos nominaciones al mejor director por separado en una misma edición. Y Soderbergh lo logró por ‘Erin Brokovich’ y por ‘Traffic’, ambas del año 2000. Estaba claro que Hollywood quería apoyar a su niño prodigio y darle una nueva oportunidad. Eso sí, en su seno, y no lejos de él. Desde luego, ‘Traffic’ es a día de hoy su película más completa. Sin llegar a las alturas de un Coppola, un Scorsese o un Anderson (es decir, sin llegar a cotas gigantescas), aquella película era una cinta compleja y notable, que a pesar de una conclusión un poco de cuento de hadas, te hablaba durante dos horas y pico de algunos infiernos del mundo moderno, y lo hacía sin contemplaciones, sin paños calientes. Se llevó el Oscar al mejor director por ella y eso fue un espaldarazo importante.

Ahora bien, que empleara ese reconocimiento de un modo inteligente, eso ya es según la opinión de cada cual. En la mía, este cineasta le siguió el juego a Hollywood (tal como ellos querían) con demasiada asiduidad. Y cuando no lo hizo, no aprovechó el margen de maniobra para realizar el prometido cine importante, interesante o rompedor. Nada que objetar a ‘Ocean’s Eleven’ (id, 2001), ni al resto de las películas de la saga (que llegaron en 2004 y 2007). Es cine de factura perfecta (en el que él ejerce, además, de brillante director de fotografía), a menudo ingenioso, vibrante y lúdico. Es decir, no engaña a nadie y no pretende otra cosa que divertir al respetable con inteligencia y buen gusto. Pero es sorprendente que sea el mejor cine que ha filmado en toda la década. Cuando no se dedica a contarnos las aventuras de esa pandilla de ladrones de guante blanco, Soderbergh se adentra en pantanosos terrenos de cine-arte (con títulos como ‘Full Frontal’, ‘Bubble’, ‘El buen alemán’...), terrenos de los que sale enfangado, incapaz de entregar algo realmenten potente, caprichos experimentales en el peor sentido de la expresión.

Su nueva versión de ‘Solaris’ (id, 2002), también con su amigo George Clooney, recibió justo lo que merecía: la indiferencia. Le echó mucho coraje regresando a un texto que ya había adaptado Andrei Tarkovski con el resultado por todos conocido, como también le echó coraje en su acercamiento a la figura de uno de los iconos del siglo XX, el amado/odiado Che Guevara, al que encarnó con más oficio que pasión el puertorriqueño Benicio Del Toro. Pero el coraje, desgraciadamente, no se convierte siempre en magnitud de resultados, y ese díptico pasó sin pena ni gloria por las taquillas de todo el mundo, y por los ojos de los críticos y los cinéfilos, confirmando la impersonalidad, la gelidez, lo gris y rutinario de la forma de narrar de Soderbergh, que, en el fondo, no tiene nada de especial, nada destacable ni importante más allá de su extrema profesionalidad. Y posteriores títulos como ‘¡El soplón!’ (‘The Informant’, 2009), no hacen sino confirmar esa profesionalidad…y esa trivialidad.

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A todo esto hay que sumar su labor como productor, que abarca más de una treintena de créditos. Quizá ha trabajado demasiado, y demasiado deprisa. A lo mejor una retirada temporal le viene bien para volver a coger el cine con fuerzas. Y para volver a hacer algo que se acerque a esa buena película que fue ‘Traffic’.

Vía | Studio 360

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