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‘La Máscara’ era un simpática película de Chuk Russell, que terminó de lanzar a la fama a Jim Carrey, y descubrió a Cameron Diaz (por cierto, nunca ha vuelto a salir tan guapa como en esa película). El film fue un éxito en todo el mundo, y era de esperar una segunda parte. Sin embargo, el tiempo fue pasando, y cuando se dio la noticia de que en su continuación no estarían ni Carrey, ni Diaz, ni Russell, era lógico pensar que algo malo se estaba cociendo. ¿Malo? PÉSIMO. Uno iempre puede imaginarse, después de haber visto una mala película, que pocas veces se harán cosas tan malas. Pero la imaginación siempre se queda corta. SIEMPRE.

En la película, que se supone continuación de la anterior, cierta máscara aparece flotando por un río, la cual recoge un perro, que se la lleva a su dueño, el cual se la pone, y después de una noche de juerga brutal, decide seguir festejando la noche con su mujer, y…¡zas! a los nueves meses ya os podeis imaginar lo qué pasa. Y es que no entiendo por qué a esta película se le ha cambiado el título en nuestro país, poniéndole el numerito de marras, cuando, literalmente se debía de haber itulado ‘El Hijo de la Máscara’, que es el original.

Detrás de las cámaras, un individuo llamado Lawrence Gutterman, que desde luego no es Russell. Es más, yo diría que ni es director, que no sabe hacerlo, que lo cogieron un día prestado para ponerle la firma a la película. Ahora, si por director entendemos que es un tipo que lo debe de coordinar todo, y poner la cámara donde buenamente puede, contar una historia como buenamente puede, y darle una serie de indicaciones al montador para el resultado final, pues bueno, entonces supongo que ha realizado perfectamente su función.

Respecto al trabajo actoral, mejor ni hablar, porque otro tanto de lo mismo. Bueno no, peor. Porque al director no lo vemos, y a los actores sí. Para empezar, Jamie Kennedy toma el relevo a Carrey, y la verdad es que no le llega a la suela de los zapatos a aquél. Los momentos en los que actúa influenciado por la máscara, son simplemente patéticos, como cierto número musical, que es de vergüenza ajena, en serio.

La televisiva Traylor Howard también hace el ridículo de narices, además de que su personaje no hay quien se lo crea, por difícil que eso resulte, ya que estamos hablando de una ama de casa que quiere ser madre (menuda complejidad de personaje). El tercero en discordia es Alan Cumming, que interpreta a Loki, el famoso dios, que busca su máscara por todas partes. Cumming quizá es consciente de que se encuentra en un enorme despropósito, y se pasa toda la película gesticulando y excediéndose, supongo que pasándoselo en grande. Al igual que se lo debieron pasar en grande los actores que interpretan al bebé, y sobre todo el perro. Y me olvidaba de Bob Hoskins, quien interpreta a Odin, pero mejor olvidarnos de eso.

Y vosotros direis que con este tipo de películas no se puede ser exigente. Cierto. Pero tampoco puede uno aguantar tremenda falta de respeto al espectador. Porque si algo me preocupaba mientras la veía, no eran sus nulos valores artísticos, no. Era el público al que está destinada: el infantil, o sea los niños. Pero niños que sean idiotas, porque si no no me lo explico. Si me hablais de ‘El Rey León’, de aquellas películas de la Disney de imagen real de los años 60, o de otras muchas, pues bueno. Uno puede respirar tranquilo, porque sinceramente creo que se está haciendo disfrutar a un niño, e incluso si quieres, educándolo en cierta manera. Pero no me imagino a ningún padre poniéndole a su hijo esta basura, a no ser, claro está, que sea como castigo.

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