'Burt Munro: Un Sueño, Una Leyenda', sencilla con un gran Anthony Hopkins

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Roger Donaldson y Anthony Hopkins ya habían coincidido allá por 1984 en la tercera versión sobre el motín de la Bounty, después de la obra maestra de Fran Lloyd y del aburrimiento de Lewis Milestone. Parece ser que se llevaron bastante mal durante el rodaje, algo que con el paso del tiempo afortunadamente han debido olvidar. Ahora han vuelto a verse las caras para esta especie de pequeño biopic sobre Burt Munro, el hombre que todavía ostenta el récord de velocidad sobre dos ruedas. Y digo pequeño biopic porque la película sólo se centra en esa época de su vida.

Burt Munro es un neozelandés que durante años construye una moto Indian de 1920 con la que irá a Estados Unidos a Benneville, guiado por su sueño de querer batir un récord, algo que sucede en 1967. El viaje hasta allí será toda una experiencia, debido a la gente que va conociendo por el camino.

A parte de biopic, también nos encontramos con que la película es una road movie en toda regla. La mayor parte de su metraje es el viaje que el protagonista realiza hasta el lugar en el que quiere batir el récord. Un viaje en el que le vamos conociendo poco a poco, y gracias a su comportamiento con otras personas y su actitud ante ciertas adversidades, le vamos cogiendo un cariño enorme. Ése es uno de los aciertos de la película. Durante las más de dos horas que dura el film, no nos cansamos de ver a Munro, es más, disfrutamos enormemente con su presencia, y cuando el film se acaba, sentimos algo de pena, ya que queremos más.

Evidentemente ese cariño que sentimos hacia el personaje, es en parte, gracias a la grandísima interpretación que de él reliza Anthony Hopkins, quien una vez más está realmente soberbio. Aguanta con el peso de la película de principio a fin él solito, y podría estar mucho más. Hay un par de momentos memorables, en los que el personaje anhela los viejos tiempos. Ahí Hopkins hace gala de una expresividad enome, ya que con sólo una mirada es capaz de transmitirnos todo tipo de emociones. No es la pimera vez que lo hace, siempre en el mismo tipo de escena, y le sale de maravilla. Por otro lado nos contagia parte de su filosofía, esas ganas de vivir y de hacer algo importante, y de ser alguien, antes de morir.

Cabe decir que Donaldson saca lo mejor de sí mimo para contarnos esta historia sobre perseguir los sueños y alcanzarlos. Lo hace de una forma amable, sincera y sin cargar las tintas en aquellos momentos que podríamos denominar como épicos, adornados con frases como “éste es el lugar donde los sueños se hacen realidad”, o cosas por el estilo. Es bastante entrañable, también sin cargar las tintas, y consigue, gracias a un excelente ritmo, que el espectador siempre esté interesado por lo que ocurre en pantalla, cosa que es de agrdecer y que a mí particularmente me ha sorprendido, ya que no me esperaba que esta película me agradara tanto.

En el apartado écnico, Donaldson una vez más innova, algo que casi nunca se la he agradecido. En ‘Motín a Bordo’ inventó un movimiento de steadycam, que luego le copió todo el mundo. Aquí realiza movimientos de cámara arriesgados, siempre bien utilizados como forma de expresión, ayudando a la narración. Son magníficos todos aquellos que realiza cuando la moto Indian está en pantalla, y otra vez sin cargar las tintas, sin caer en lo que caerían otros directores, o sea, efectismos sin sentido y vacíos.

Cierta parte de la película podría emparejarse con la obra maestra de David Lynch ‘Una Historia Verdadera’. La parte en la que el protagonista viaja y se va encontrado con diferentes personas, algunas de las cuales le ayudan y a otras las ayuda él de un modo u otro. En ese aspecto, cabe destacar, su encuentro con un travesti, narrado con el mayor de los gustos. Toda la galería de gente con la que se encuentra es encantadora. Incluso sorprende ver en un pequeñísimo papel a Bruce Greenwood, actor siempre efectivo, que ya había trabajado con Donaldson en la magnífica ‘Trece Días’, dando vida al presidente Kennedy.

Una buena película que destaca por su falta de pretensiones, y también por su sencillez. No es perfecta, quizá no lo necesita y puede que el pequeño tramo final no tenga la calidad del resto de la cinta. No importa demasiado, es muy recomendable, pues no se hacen películas así muy a menudo. Sólo por eso ya merece la pena.

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