El cielo gira, la vida continua

Teresa Morales 2 de junio de 2005 1 comentario

elcielogira El cielo gira es el primer largometraje de su directora Mercedes Álvarez, que en 1997 dirigió el cortometraje El viento africano y posteriormente se encargó del montaje de la película En construcción.

Transcurre en Aldealseñor, un pueblo de Soria, en el que actualmente sólo quedan 14 habitantes. Ellos son los únicos testigos de una parte de la historia que se extingue y nos convierten en espectadores de un proceso de transición, que no volverá a repetirse.

De forma paralela, el pintor Pello Azqueta muestra como el mundo, también desaparece ante sus ojos, lentamente, mientras en la aldea todavía permanecen los restos de dinosaurios, los castros celtíberos, las ruinas romanas, y la torre árabe de un castillo, que antes contenía leyendas, y ahora marcará el inicio de un cambio.

elcielogira En El cielo gira, los habitantes de Aldealseñor, charlan, reflexionan, comparten con la cámara pequeños momentos de su vida cotidiana mientras la voz de la narradora, nos conduce de forma pausada, hacia los puntos claves del argumento.

Los paisajes, en su lenguaje propio, también nos hablan, a través de la lluvia, la niebla o la nieve, que casi puede sentirse desde la butaca, gracias a la excelente fotografía a cargo de Alberto Rodriguez.

La película también ofrece, maravillosos silencios, acompañados sólo por el canto de algún pájaro. Espacios abiertos que invitan a encontrar en cada uno, nuestros propios terrenos desolados.

A través de los pequeños detalles, de forma casi imperceptible y entre las risas que provocan algunas de las ingeniosas conversaciones de los lugareños, El cielo gira, va dejando una huella, marcada por el paso del tiempo. La sensación inequívoca, de haber presenciado algo especial y perpetuo.

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Comentarios

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    Lo dicho, una maravilla de película. Una disgresión tierna y a la vez de una profundidad pasmosa sobre el paso del tiempo, en su acepción positiva (las huellas del pasado) y en la negativa (las sentinas del olvido). No sé porqué pero me recordó a un cuento de Borges. Bueno, no era exactamente un cuento.

    El joven Borges se pierde por las calles de una localidad llamada Barraca. En un momento determinado, se para y canta un pájaro. Después no hay más que silencio. Piensa: esto es lo mismo que hace treinta años. "El fácil pensamiento Estoy en mil ochocientos tantos dejó de ser unas cuantas palabras aproximativas y se profundizó a realidad. Me sentí muerto, me sentí percibidor abstracto del mundo: indefinido temor imbuido de ciencia que es la mejor claridad de la metafísica. No creí, no, haber remontado las presuntivas aguas del tiempo; más bien me sospeché poseedor del sentido reticente o ausente de la inconcebible palabra eternidad".

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