Denzel Washington

Bastan tres películas, tres tan solo, para aupar a este coloso al Olimpo de los grandes intérpretes norteamericanos de todos los tiempos. En ellas interpreta sendos papeles, muy distintos entre sí, de gran complejidad en la creación (por no caer en el lugar fácil, en el melodrama, en la exageración, aunque esta última la bordea siempre) y de altísima autoexigencia, por cuanto configuran tres de los iconos afroamericanos más resbaladizos y arquetípicos (que no tópicos, no confundamos términos, como suele suceder): el mártir político, el deportista trágico y el criminal ultra-violento.

Arquetipos que, una vez ha cogido y exprimido Washington hasta el límite de sus posibilidades, en manos de otro actor-creador van a quedarse muy lejos, o muy cortos, pues con su fuerza expresiva arrolladora, con su grandioso ego y su dominio absoluto del rostro y la escena, todo lo que venga va a pasar, inevitablemente, por el filtro del trabajo que ha legado. Son los papeles, claro, deslumbrantes de ‘Malcolm X’, ‘Huracán Carter’ y ‘Día de entrenamiento’. Tres papeles que valen toda una carrera que ha dado mucho menos de lo que puede esperarse de un artista de su incomparable talento.

‘Malcolm X’, la mirada y la palabra

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