Ian McKellen

Hay películas que por alguna razón que a lo mejor no merece la pena ni siquiera analizar, no acaban de funcionar, no acaban de convencer. Puede ser por un guión demasiado explicativo, por una estructura errónea, por un montaje equivocado, por una ambición desmedida. Esas películas suelen recibir el término de fallidas, que no es lo mismo que malas, o muy malas. Películas que por momento parece que van a empezar a ser realmente buenas, pero que al final provocan un “déjà vu”. Sin duda, bajo mi punto de vista, la oscarizada (una de las que más de la historia de esos premios) ‘El retorno del rey’, es una de esas películas.

Tras una primera parte que sorprendió a propios extraños, ‘La comunidad del anillo’, pues a pesar de sus lagunas y de sus arritmias, sus virtudes podían más que sus defectos (a parte de ser una auténtica hazaña adaptar ese texto tan complejo), Jackson firmó la que por el momento es la mejor película que ha dirigido, de lejos, la impresionante ‘Las dos torres’. Las virtudes de la primera se multiplicaban, y los defectos (que también tiene unos cuantos) se minimizaban. El resultado era, sin lugar a dudas, una de las mejores películas de aventuras de fantasía en muchos años de cine. Esperábamos que todo culminase en una tercera parte apoteósica. Desgraciadamente no fue así.

‘El retorno del rey’ es una película que parece que no empieza nunca. Es, de muy lejos, la peor de las tres, y no comprendo como pudo alzarse nada menos que con once Oscars, relegando a películas infinitamente superiores como la genial ‘Mystic River’. Y la única razón por la que estoy escribiendo sobre ella en estos momentos es una secuencia que a continuación detallaré, y que cada vez que la veo me conmueve, no sé por qué, hasta lo más profundo. Pero hasta entonces, a las dos hora y media largas de película (que se dice pronto), no me convence lo que veo en pantalla. Y prometo que he visto estas película unas cuantas veces, con el ánimo de deshechar quizás algunos prejuicios que pudieron asaltarme al verla en cines. Pero no, la primera impresión se hace cada vez más firme.

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