Ya va siendo hora, si es que no es un hecho consumado y una certeza compartida por todos, de decir las cosas como son: Jeff Bridges es uno de los mejores actores vivos. Y cuando digo uno de los mejores, no me refiero solamente a sus dotes como intérprete, sino también al hecho de que es uno de los tipos más sencillamente auténticos que pueblan ese por lo común muy rentable vertedero llamado pantalla de cine. Vertedero no sólo porque se hacen demasiadas, y malas, películas, sino por la suma de ambiciones y carencia de escrúpulos que suelen desprender los ambientes de Hollywood, que parecen no encontrar, sin embargo, en este humilde e imaginativo hombre de cine una de sus presas.
Porque él va a lo suyo, ajeno a farándulas y a las indignantes mieles del glamour, y dedicado a ser, simplemente, Jeff Bridges. Aunque eso sí, próximo a cumplir los 60 años, elegancia y distinción le sobran con solo hacer un gesto, de la misma manera que con una mueca se transforma, sin perder la compostura, en un tipo corriente, en un fulano agradable y sin dobleces, de sonrisa desarmante y mirada a veces bondadosa, otras veces melancólica o incluso gélida, pero siempre muy inteligente y serena. Maduro de muy buen ver, está a punto de abandonar sus cincuenta y, pero no parece que haya perdido un ápice de atractivo, y ha seguido siendo un tipo de puta madre.
Una larguísima carrera en la que hay, literalmente, de todo
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