Michael Fassbender

Ya éramos muchos conscientes de que a la hora de tratar a los prisioneros políticos, los anglosajones no son precisamente humanitarios. Todos los horrores que nos cuentan de esa infecta vergüenza, que a más de cien días del inicio del mandato de Obama sigue en funcionamiento, que es el centro de detenciones de Guantánamo, algún día será aireada por decenas de películas. Esperemos. De momento, nos llega la memoria del legado de los crímenes contra la humanidad cometidos por esa sociópata de sonrisa alicatada, la infame Margaret Thatcher, quien a tenor de los hechos narrados en esta gran película debería responder ante un tribunal y ser encarcelada de por vida. Lo mismo que Aznar, Blair y Bush Jr. Entre otros. Pero hablemos de la película, porque se me calienta la fibra y me enzarpo.

De todas formas, resulta casi imposible que la vena de la insumisión política y social no se le inflame a uno visionando el denigrante espectáculo de ‘Hunger’, filme libérrimo y casi insoportable, pleno de coraje y convicción. Y no porque esta película contenga aleccionamientos sociales o políticos de ninguna clase, porque no es el caso. Pero no hacía falta que su director, Steve McQueen (no es el célebre actor redivido, sino un video artista reconvertido en cineasta de raza) o su guionista Enda Walsh se propusieran nada más que lo que han hecho con precisión: engarzar un relato feroz y escalofriante que congela la sangre.

Y McQueen da imágenes a ese relato de manera muy alejada a como podría esperarse, quizá, de un video artista famoso. Su formalización resulta de una austeridad y de un feísmo indescriptibles, ascéticos. Sin el menor reparo, confiando plenamente en el aguante del espectador más entregado (le pese a quien le pese, el único que merece la pena poner de tu lado), se zambulle en la pesadilla del cautiverio de los prisioneros del IRA en la tristemente célebre prisión Maze, del norte de Irlanda. Se centra en concreto en la huelga de hambre acometida por el líder republicano Bobby Sands, pero no se queda ahí, por suerte, y su punto de vista se amplia a otros presos, a los policías (yo los llamaría lacayos repugnantes, siento que la vena vuelve a inflamarse…) y a las familias de ambos, siquiera tangencialmente.

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