“A veces es un personaje que quieres interpretar, o una historia que quieres contar. Otras, es simplemente pagar tus facturas”
El oficio de actor, pese a la fama que puede ocasionar en algunas excepciones, es muy ingrato. Por cada intérprete que llega a la fama, a la celebridad, al prestigio y a la inmortalidad cinéfila, miles se quedan en la cuneta del anonimato, en la de la mala suerte, o en la de la vocación frustrada. Cuando no en el más estrepitoso de los fracasos profesionales. Pero en el delgado interregno entre ambos grupos, también existen otros actores más que competentes, que de vez en cuando llevan a cabo trabajos formidables, los cuales no les garantizan mayor prestigio o notoriedad, quizá por falta de carisma mediático, por la carencia de un agente cinco estrellas o de simple buena suerte. Merece la pena reivindicar del olvido colectivo a algunos rostros magníficos, de cualquier cinematografía del mundo, que no son considerados (por cuestiones inexplicables) buenos actores a un nivel general, sino simplemente elecciones más o menos acertadas, que cumplen en eficacia y que no merecen mayores elogios. Quizá triunfar como actor sea, realmente, eso: cumplir con eficacia, divismos aparte.
Uno de esos nombres que siempre reivindico como una gran actriz es la norteamericana Daryl Hannah una guapísima actriz que, como tantas otras rubias (teñidas o no) han sufrido el mal llamado Síndrome Marilyn Monroe: el de la rubia y guapa a la que se considera mala actriz sin ningún fundamento. Durante los ochenta, cuando era una veinteañera esplendorosa, fue una de tantas actrices atractivas que gozaron de una popularidad efímera, a través de varios éxitos de público, aunque en su mayor parte fueran películas bastante olvidables. Pero, claro, durante los noventa, ya convertida en una treintañera muy interesante, su carrera decayó a toda velocidad, hasta convertirse en una secundaria esporádica, en una carrera sin ningún título destacable. Tuvo que llegar Quentin Tarantino, claro, para que, en su espléndida madurez de cuarenta y pocos años, Hannah se reivindicara a sí misma con el papel de su vida, muy alejado de lo que podría esperarse de ella. El mundo del cine, en todos sus ámbitos, está plagado de injusticias clamorosas.
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