Jennifer Connelly

Hay actores que tienen algo especial. Se suele decir que “enamoran a la cámara”, o que tienen un talento innato a la hora de trabajar con ella, de modo que aunque la historia no sea del todo convincente, ellos sostienen la imagen con su sola presencia, casi sin esforzarse (o esa es la percepción que uno tiene, aunque en el fondo la realidad es muy diferente). Una de esas actrices maravillosas es la oriunda de Catskill Mountains, Nueva York, nacida hace treinta y nueve años, la hermosa y brillante Jennifer Connelly. Una de las más talentosas y desaprovechadas actrices de su generación.

Algo tienen los ojos de esta muchacha, ahora una mujer cercana a la cuarentena. Unos ojos que no, independientemente de la historia que vivan, siempre conservan un halo de infinita melancolía, de dulzura y de belleza. Esa belleza que tiene que ver con la dignidad, y con una capacidad hipnótica que trasciende con mucho el grueso de papeles que, por desgracia, le ha tocado interpretar. De entre las muchísimas actrices bellas y de talento que han sido infrautilizadas en el cine norteamericana, pienso que muy pocas se acercan al magnetismo de Connelly.

Ya de muy pequeña se dieron cuenta de que la niña era una belleza fuera de lo común, y sus amorosos padres se convencieron de que podría hacer carrera de modelo infantil. No se equivocaron, y pronto triunfó, viajando por todo el mundo, participando en toda suerte de comerciales, y apareciendo en numerosas revistas. Pero la pequeña Connelly, que en la madurez ha llegado a afirmar que no recuerda casi nada de aquella época, no se sentía nada feliz con ese trabajo, y ansiaba dejarlo atrás y dedicarse a la interpretación. Una gran necesidad de expresarse como actriz residía en el corazón de aquella niña. Quería ser intérprete a toda costa, y no paró hasta conseguirlo. Lo hizo a los catorce años.

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