Tim Burton está en caída libre. Y hace ya unos cuantos años que está inmerso en esa caída. Supongo que estarán en desacuerdo los millones de fans de los que goza por todo el mundo. Para ellos Burton es un intocable, un director de una imaginación desbordante (son las dos palabras que más se oyen cuando se habla de él), un universo barroco inconfundible, y un artista total capaz de impregnar cada elemento visual de su puesta en escena con un sello personal. Pero desde ‘El planeta de los simios’ (2001), Burton ha ido perdiendo, película a película, la frescura y la coherencia, hasta convertirse en una sombra de sí mismo en su última película.
Su última película que, quizá, sea la menos interesante e inspirada, la más aburrida, insulsa, innecesaria, de todas sus películas. Adaptación libérrima de los legendarios cuentos de Lewis Carroll protagonizados por la niña Alicia, le deja a uno de piedra la completa desidia con la que la ha filmado este famoso director, de talento incuestionable, pero incapaz de encontrar, por lo que parece, temas que le interesen en este momento, que es cuando debería dar lo mejor de sí mismo. Si fuera, como dicen, el maestro de maestros que no es.
Una adaptación sin la menor gracia
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