Renée Zellweger

Corría el año 1996, y un actorazo como Tom Cruise iba a empezar a echar a perder su carrera con ‘Jerry Maguire’ (id, Cameron Crowe), un verdadero vehículo de lucimiento disfrazado de drama existencialista, a su vez disfrazado de comedia salvaje. El intento desesperado, sólo le cuadra esa expresión, de Cruise por conseguir el Oscar, era tan descarado y tan grotesco, que a nadie le sorprendió que no lo ganara pese a su nominación. En esa película ultraconservadora, que quiere vendernos una historia de transgresión y libertad para luego atufar con el sueño americano, existía una presencia luminosa, deslumbrante, que eclipsaba al bueno de Cruise cada vez que compartían escena. Se trataba, claro, de la actriz Renée Zellweger, una casi recién llegada que se convertía, de forma instantánea, en una de las debutantes más guapas de los años noventa, y en una verdadera promesa de futuro. Promesa que se ha visto cumplida con creces.

A pesar de que un cierto sector del público no soporta a esta intérprete, por considerarla el paradigma de la cursilería y de las muecas en según qué papeles, opinión muy respetable, nadie le ha regalado nada a Zellweger, una portentosa actriz de comedia, que ostenta el privilegio de haber ganado los cuatro premios más importantes de habla inglesa (el Oscar, el Globo de Oro, el Bafta y el Premio del Sindicato de Actores), que ha sabido triunfar en Hollywood a base de tesón y de fuerza de voluntad, convirtiéndose en la atípica heroína cotidiana. Ha fraguado una carrera estupenda en la que, a pesar de los lógicos e inevitables altibajos, conviven no menos de cinco trabajos magistrales, en los que los tan criticados mohínes o ñoñerías que a mi juicio se le aplican un tanto injustamente, lucen por su ausencia. Renée Zellweger es una actriz de puro talento natural, alejada de modas o clichés, que se ha convertido en una de las más completas de su generación a base de coherencia, sinceridad y puro carisma.

De padre suizo y madre noruega, Renée Kathleen Zellweger nació en Texas el 25 de abril de 1969, y nada hacía presagiar que un día interpretaría a una londinense con problemas de sobrepeso. Nada, menos su gran talento y su enorme deseo de ser actriz. Pero era realista y sabía que aún tardaría unos años en llegar a hacer papeles de cierta entidad, así que se conformó con proyectos como ‘Amor del calibre 45’ (‘Love and a .45’, C.M. Talkington, 1994) o ‘La matanza de Texas: la nueva generación’ (‘Return of the Texas Chainsaw Massacre’, Kim Henkel, 1994), papeles a los que accedía, seguramente, por su belleza y por su voluntarismo, más que por su dotes interpretativas. El mismo año de ‘Jerry Maguire’ protagonizó la casi desconocida ‘The Whole Wide World’ (id, Dan Ireland), sobre el olvidado creador del bárbaro Conan, el también texano Robert Erwin Howard. Y probablemente Tom Cruise aceptó a que ella fuera su pareja en la pantalla en ‘Jerry Maguire’ por su innegable fotogenia y humildad, sin esperar una interpretación tan brillante. Pienso que la película debería titularse ‘Dorothy Boyd’, pues es mucho más interesante la lucha de esta mujer, madre soltera que le perdona todo al tipo del que se enamora, pues cree en él con fe ciega, que el supuesto drama de un agente deportivo que un día redescubre sus escrúpulos.

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