Cartas desde Iwo Jima

A Clint Eastwood no le llegaba con brindarnos la magnífica ‘Banderas de Nuestros Padres’ para retratar la contienda de Iwo Jima. En plena postproducción de aquélla se le ocurrió la idea de contar la misma historia desde el punto de vista japonés, logrando con ello tener un más amplio campo de visión sobre los horrores de la Guerra en general, y no ofrecernos únicamente el lado americano, algo a lo que estamos ya demasiado acostumbrados. Y que conste que el primer film es totalmente antiamericano, ya que Eastwood, una vez más, retrata lo que le parece repulsivo de una contienda y sus consecuencias, aunque para ello tenga que criticar a su propio país. ‘Cartas Desde Iwo Jima’ es la otra cara de la moneda, y la que ha salido ganando de cara a las nominaciones en los Oscars, dada la escasa repercusión que ha tenido el primer título. La apuesta es arriesgada en todos los aspectos, ya que el nuevo film de Eastwood es una obra atípica mire por donde se mire, totalmente a contracorriente, sin la más mínima concesión al público, acostumbrado a otro tipo de cine, salvo en Japón, claro, donde la película se ha saldado como un estruendoso éxito comercial.

La historia de ‘Cartas Desde Iwo Jima’ sigue a un grupo de soldados destinados a la famosa isla, durante la Segunda Guerra Mundial. Allí deberán defendar la isla del inminente ataque del enemigo (los americanos) hasta la mismísima muerte. Durante dos horas y cuarto somos testigos de las vivencias de cada uno de ellos, centrándose sobre todo en la figura del General Tadamichi Kuribayashi, jefe al mando de la tropas japonesas de la isla. Conoceremos sus miedos, recuerdos, esperanzas y visión particular de la guerra, entremezclado con las relaciones entre los propios hombres del pelotón. Se podría decir que es lo mismo que ‘Banderas de Nuestros Padres’, pero en el bando japonés, y sin recalcar la parte crítica de la historia. ‘Cartas Desde Iwo Jima’ es muchísimo más intimista, llena de diálogos cuasieternos, en escenas casi minimalistas protagonizadas simplemente por dos soldados. El film es enormemente contemplativo, haciendo hincapie en dichas conversaciones, que son las que nos hacen ir conociendo mucho más a los personajes. Y por supuesto están las famosas cartas, que los soldados van escribiendo cuando tienen tiempo, y que casi siempre van destinadas o a sus parejas o a sus familias más cercanas. Única y exclusivamente es el espectador el testigo de lo que ponen esas cartas, un acierto por parte de Eastwood y su guionista, la japonesa Iris Yamashita, que logra un guión mucho más completo que el de ‘Banderas de Nuestros Padres’ en lo que a las relaciones de los soldados se refiere, funcionando mucho mejor en algunos aspectos, como por ejemplo, los flashbacks.

Sólo en cierto momento, Eastwood cede el testigo a sus personajes, en cuanto a la lectura de una carta se refiere. Sin desvelar nada, es uno de los momentos más bellos del film, tan inesperado como lógico, y en el que una vez más queda clara la admiración de Eastwood hacia el western ‘Incidente en Ox-Bow’, una de sus películas favoritas, y sobre la que su filmografía está llena de referencias. Y ahora que hablo de western, aprovecho para decir que sorprendentemente, ‘Cartas Desde Iwo Jima’ parece un western en toda regla. Esos personajes solitarios, alejados de su hogar, mordiendo el polvo en algunos casos, remiten constantemente hacia las claves del western y su romanticismo. Así pues, podríamos decir lo mismo de su actor principal, un inmenso Ken Watanabe, que porporciona simple y llanamente una de las mejores interpretaciones del año, que injustamente no ha tenido su recompensa en las nominaciones (nunca me cansaré de decir que las nominaciones de este año, salvo dos o tres casos, me parecen totalmente injustas, y que han dejado fuera muchas cosas de gran calidad). Watanabe se convierte en el alter ego de Eastwood, de la misma manera que los actores que protagonizan las películas de Woody Allen cuando éste sólo las dirige. Su personaje está lleno de humanidad y misterio, y logra algo que no lograba ‘Banderas de Nuestros Padres’, y es que el espectador empatice enseguida con él. Y por supuesto, en los momentos finales, Eastwood lo reviste con ese tenebrismo tan personal de sus obras, marca casi obligada de la casa.

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