Dracula (1931)

En estos tiempos de resurrección vampírica —este viernes nos llega la floja ‘Daybreakers’ (The Spierig Brothers, 2009)— proseguimos con nuestra mirada atrás en busca de vampiros mejores que nos alegren nuestra sesión de cine diaria. Si ‘Nosferatu’ era una adaptación no oficial de la novela de Bram Stoker sobre el vampiro más famoso de todos los tiempos, hoy toca el turno a la primera adaptación legal de dicha obra. Aunque esto no es del todo exacto, pues la película adapta el material de la obra de teatro de Hamilton Deane y John L. Balderston que sí se basa en la obra original de Stoker, que años más tarde también sería utilizada para la versión de John Badham.

La idea inicial era reunir al equipo Tod Browning/Lon Chaney para realizar un ciclo de películas de terror en la Universal. Ambos ya habían mantenido una estrecha colaboración en la época del cine mudo con cintas del calibre de ‘El trío fantástico’ (‘The Unholy Three’, 1925), ‘Garras humanas’ (‘The Unknown’, 1927) o ‘Los pantanos de Zanzibar’ (‘West of Zanzibar, 1928). Con la revolución que supuso el cine sonoro, Browning y Chaney quisieron repetir la operación adaptando los mitos de terror más conocidos de la Literatura, pero la repentina muerte de Chaney en 1930 lo impidió. Bela Lugosi, que había interpretado al personaje en la obra teatral, salió enormemente beneficiado con un personaje que ya no le abandonaría jamás.

La historia de ‘Dracula’ nos transporta a los Cárpatos, en los que el castillo del conde Dracula se alza tenebroso sobre los temerosos habitantes que no osan acercarse. Hasta allí acude un hombre, de nombre Renfield —un cambio sustancial e inteligente con respecto a la obra, en la que es Jonathan Harker quien visita a Dracula en sus dominios— para venderle una mansión en Londres. Este tramo que dura aproximadamente unos quince minutos poseen una atmósfera irreal en la que se pone de manifiesto las enormes cualidades de Browning para los ambientes fantasmagóricos en los que realidad y ficción se dan la mano. El film goza de esta inquietante y enrarecida atmósfera en todo su prólogo y clímax final, siendo el resto quizá lo más encorsetado visualmente que ha filmado Browning.

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