En este especial de vampiros, en el que no hay orden aparente, intentaremos tratar aquellas películas que no sólo destacan en un subgénero que ha sido siempre del agrado del público de todas las épocas. También lo haremos de títulos que están en la memoria del cinéfilo, rarezas, algunas de ellas convertidas hoy en títulos de culto. Algo así le pasa a la que hoy nos ocupa y que tiene el original título de ‘Drácula’, dirigida por el neoyorquino George Melford y que responde a una necesidad que había en los años 30 con determinadas películas. Por aquel entonces no existía el doblaje y ¿cuál era la forma de hacer llegar una película a la comunidad hispana que no entendía ni jota de inglés? Muy sencillo, se filmaba de nuevo la película en español.
Así pues, la mítica ‘Dracula’ de Tod Bronwning, primer exitazo de la Universal dentro de un género que explotaría hasta la saciedad, se filmaba de día, mientras que la versión hispana lo hacía de noche utilizando los mismos decorados. Lo llamativo del asunto es que no nos encontramos ante una copia exacta del film de Browning como cabría esperar. Sí es cierto que toma como base la misma obra teatral con los mismos diálogos porque tampoco se trata de ofrecer al público una obra totalmente distinta. El Drácula hispano posee algunas novedades de interés aunque es restado por otros elementos que chirrían lo suyo.
Llama la atención el hecho de que Melford no entendiese ni hablase español pero debió alucinar lo suyo dirigiendo a actores con distintos y marcados acentos. Entre el reparto había españoles, mexicanos, centroamericanos y sudamericanos. Llega a ser bastante molesto el escuchar tantos acentos distintos del mismo idioma para una película en la que el habla de los personajes no tiene especial importancia. Chirría sobre todo esa manía, procedente del teatro, de articular las palabras para que se entiendan, pareciendo que los actores recitan el texto como si de un discurso para las audiencias se tratase.
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