Corazón Salvaje

Decir David Lynch es invocar a enanos que bailan un jazz sensual, a mujeres rubias en peligros que no alcanzan a comprender en su significado profundo, a enamorados adolescentes en una carrera hacia el abismo, a niños deformes, a mirones, monstruos con el corazón de oro, sueños fascinantes, América Profunda, café, cigarrillos, sexo salvaje, sexo romántico, canallas, psicópatas, mucha sangre, mucha locura, carreteras tenebrosas, humor negro, sensualidad, humo, absurdo, carmín, ecos bulbosos, medias, sombreros de vaquero, asma…

Para muchos, un tipo de otro planeta, raro y morboso, de luctuosa labor creativa, un bicho de fama incomprensible. Para otros, un visionario, un vanguardista y un poeta. En cualquier caso, un cineasta, pintor, fotógrafo, diseñador de muebles y de sonidos inolvidables. Figura ineludible del último tercio del siglo XX del cine norteamericano, pese a quien pese, y autor consagrado (¿cuántos hay en el mundo?) en los primeros años del siglo XXI.

Lynch nació en un pueblecito de Montana en 1946, y desde una edad muy precoz dejó bien claro su temperamento artístico y su personalidad creativa, y a los veintipocos años ya ganaba importantes premios con sus cuadros y mosaicos, y empezaba a preparar sus primeros cortometrajes. En los años setenta, decidido a ser director de cine, se trasladó a Los Angeles, y comenzó la filmación de ‘Cabeza borradora’, gracias a una beca que, sin embargo, no daba para completar la película. Hasta 1977 no logró terminarla con ayuda de amigos como Jack Fisk, un antiguo vecino suyo de la infancia.

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