Hay películas, lo sabemos todos, perfectas para una tarde sombría o una noche apática. Más aún: para esos estados de ánimo existencialistas que nos hacen ver la vida gris y sin sentido. Los médicos o los psiquiatras deberían dejarse de recetar píldoras o de montar terapias, y mandar al afligido a casa a ver ‘El jovencito Frankenstein’ (‘Young Frankenstein’, Mel Brooks, 1974), una de las comedias más disparatadas, delirantes, ingeniosas y divertidas, me atrevo a decir, de toda la historia del cine, pues es uno de esos milagros en los que todo funciona, y además funciona con un encanto especial, con una fortuna quizás irrepetible. Viendo la hora y tres cuartos de ‘El jovencito Frankenstein’ se le olvidan a cualquiera los problemas o las esclavitudes de la vida como por arte de magia, cautivados además por un vendaval de gran cine de comedia, ese que precisamente no abunda, pues la comedia la han controlado unos pocos y la han pervertido muchos. Entre estos últimos, el propio Mel Brooks.
Pero Brooks hizo aquí, y creo que en esto estaremos todos de acuerdo, su mejor película. De lejos, de muy lejos. Un precepto: la diversión sin complejos. Pero con una gran ventaja: el formidable guión que armaron él y Gene Wilder. Así, un desprejuiciado homenaje/parodia/revisión del mito cinematográfico de Frankenstein, filmado con la intención de demoler todos los arquetipos y todos los lugares comunes de las diversas películas sobre la legendaria creación de Mary Shelley (1797-1851), se convierte, a fuerza de talento y de ingenio, en una de las más importantes películas sobre el monstruo, sin que las bromas y los gags visuales estorben a los momentos de suspense y horror, que también los hay y muy buenos, y sin que el tono manifiestamente gamberro diluya lo más mínimo la gótica atmósfera centroeuropea de clásico cuento de miedo. Un milagro, y de los grandes.
Cuando, durante el rodaje de ‘Sillas de montar calientes’ (‘Blazing Saddles’, Brooks, 1974), Gene Wilder le propuso a su amigo Brooks una parodia de ‘Frankenstein’, lo que más le divertía al director era imaginar que, después de tantas versiones, y tantos hijos de Frankenstein siguiendo los pasos del famoso padre, sería el nieto del genio loco el protagonista de la historia, y que aunque también sería un científico prominente, no le haría ninguna gracia que le relacionaran con resurrecciones ni experimentos radicales, ni mucho menos nada concerniente al trabajo de su abuelo. Con ese punto de partida, empezaron a escribir la historia, y no creo exagerar si digo que contiene los mejores diálogos, personajes y situaciones que han escrito esta pareja de amigos, en compañía o en solitario. Tanto es así que cuando Brooks se encontró con la negativa de Columbia de filmar en blanco y negro, enseguida la Fox acogió el proyecto, esperando un éxito que finalmente se produjo, y que fue contundente.
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