Divas las hay de todas clases y colores. Según el diccionario de la RAE, es un adjetivo, dicho de un artista del mundo del espectáculo, y en especial de un cantante de ópera, que goza de fama superlativa. Y le cuadra a la perfección a gente como Mariah Carey o Jennifer Lopez, que son algunas de las mujeres más famosas del mundo, aunque mucho más incomprensible en el caso de la segunda, por razones que ahora veremos. Diva proviene de divina, que se aplica a deidades gentílicas y a los emperadores romanos a quienes se concedían honores divinos después de su muerte. Y eso puede cuadrarle un poco más, si cabe, pues al paso que va, el día que fallezca, se le concederá el honor divino de recordarla, aunque nadie sepa decir por qué.
Estos días anda por España, en la fatigosa labor de promocionar su nuevo vehículo de lucimiento personal, vehículo construido por ella misma, pues ya lleva bastantes años ejerciendo de productora en su carrera, y aunque en el caso de ‘El plan B’ no firma explicitamente como productora ejecutiva, está claro que ella hace y deshace en ese producto lo que a ella le conviene, convencida de la necesidad de que haya más pseudo-películas románticas, sobre todo protagonizadas por ella. También está convencida de ser una cantante estupenda y de tener un gran gusto vistiendo. Una artista total, vaya.
Repasemos un poco el argumento de ‘El plan B’, película que, como supondrá el lector, no tengo el menor interés de ver: una mujer soltera (López, claro), obsesionada con tener hijos, se hace la inseminación artificial, queda embarazada de gemelos, y el mismo día conoce al hombre de su vida. Fascinante argumento para una película cuyo cartel, uno de los más horrorosos que he visto en mucho tiempo, presenta a la diva con el actorcillo de turno, y en el que se lee: enamorarse.casarse.tener un hijo. Y resulta que la cobertura que se le ofrece, en telediarios y programas del corazón, es mucho mayor de la que gozarían otras películas infinitamente más importantes.
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