Si no se lo cuentas a tu mejor amigo, es como si te lo montaras con ella.
Es curioso cómo cuando afirmas que has visto la peor película del año (o la mejor) no tardas mucho en ver otra que te obliga a rectificar. Así que no voy a tener a la suerte, y para evitar encontrarme algo peor en las próximas semanas, voy a decir solamente que ‘¡Qué dilema!’ (‘The Dilemma’, 2011) es una de las peores películas de 2011. Por el tráiler, uno podía esperar otra de esas intrascendentes comedias norteamericanas que resuelven complicados enredos con un montón de tópicos y soluciones cobardes que culminan en un forzado “happy end” que deja al público con la reconfortante idea de que, da igual lo que pase o los errores que uno cometa, al final todo se resuelve. Luego sale uno al mundo real, echa un vistazo a su alrededor y se pregunta dónde demonios viven los que hacen cine. ¿En la zona más pija de Disneyworld? Me encanta la fantasía y el cine como evasión, pero simplificar y pintar de rosa las relaciones humanas me resulta cada vez más inaguantable.
Al igual que la endeble ‘Sólo una noche’ (‘One Night’, 2010), actualmente en nuestras carteleras, ‘¡Qué dilema!’ reúne a un puñado de rostros populares para hablar de la pareja, la confianza, la honestidad, el amor y la fidelidad, pretendiendo decir cosas importantes y profundas en medio de una cansina verborrea plagada de clichés, y llegar al fondo de tan complicadas cuestiones con consejos baratos de revistas para zombies (esas que siempre encuentras en las peluquerías), sin profundizar ni sentir interés por ninguna de ellas; te plantan la situación, los giros previsibles, las charlas de siempre, y se queda uno igual que antes de sentarse en la butaca (o peor, molesto por haber perdido el tiempo). Desde luego no es cuestión de buscar a Bergman (más que nada porque fue un creador irrepetible y sería frustrante), sino de un mínimo de exigencia al retratar cómo nos relacionamos, nuestras convenciones y nuestros pensamientos, las decisiones que marcan nuestra existencia, algo en lo que podamos vernos reflejados y creer lo que nos cuentan. Decía que cabía esperar muy poco de ‘¡Qué dilema!’, pero la película Ron Howard (un tipo simpático y uno de los realizadores más limitados del cine norteamericano) va más allá, es un insulto al género, de lo más absurdo que he visto en años.
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