Un tipo serio

Un año después de la gamberra ‘Quemar después de leer’ (‘Burn After Reading’, 2008), los hermanos Joel y Ethan Coen dan un llamativo giro hacia dentro con ‘Un tipo serio’ (‘A Serious Man’), abandonando las (escasas) pretensiones comerciales y las grandes estrellas, para contar, con sencillez y sequedad, una pequeña historia que dice más de sus autores que muchos de sus últimos famosos trabajos. Quizá habría que remontarse hasta 1991, cuando los Coen presentaron la negrísima ‘Barton Fink’, para encontrar otro relato que defina de forma tan certera sus inquietudes vitales y artísticas.

‘Un tipo serio’ (llamadme quisquilloso, pero debería ser ‘Un hombre serio’) está protagonizada por el prácticamente desconocido Michael Stuhlbarg, al parecer un actor curtido en Broadway, que aquí realiza un trabajo formidable, siendo imposible imaginarse la película sin él (está nominado al Globo de Oro como mejor actor de comedia o musical, y debería ganarlo). Stuhlbarg, que dice más con la mirada que con los diálogos, es el centro sobre el que gira el nuevo y personal trabajo de los Coen, un film de irregular trazado, pero que nunca pierde el tono, con un principio y un final extraordinarios.

La película abre con un oscuro y tronchante prólogo que sucede en otro tiempo y otro escenario, diferentes a los de la acción principal, situada en la década de los sesenta en Estados Unidos (si bien la esencia es la misma). Este relato, en torno a un viejo acusado de ser un dybbuk, al que se le puede dar (y se le han dado) varias interpretaciones, no es más que un cuento folclórico judío inventado para la ocasión por los hermanos cineastas para, al igual que ha hecho Woody Allen en otras ocasiones, burlarse de la supuesta sabiduría que encierran las historias protagonizadas y/o contadas por su antepasados. Este segmento, prácticamente un cortometraje que funciona separado del resto del film, prepara el terreno para lo que vendrá a continuación.

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