Una dulce mentira

Maddy: Sé que te gustaría que conociera a un buen hombre que me hiciera feliz…

Émilie: Incluso a uno malo.

A veces no nos hace falta un fantástico guion, una sorprendente dirección, un espectacular diseño de producción o unos impactantes efectos especiales, para seguir con interés una película de principio a fin. En ocasiones nos basta con mirar a un actor o un actriz, durante el valioso tiempo que aparece en la pantalla, y sin que esté haciendo el papel de su vida, solo viviendo con la mayor naturalidad posible una historia que resulta mucho menos estimulante que su presencia, su rostro, sus gestos, o su voz. A mí al menos me ocurre, y tras comprobar que resulta decepcionante exigir demasiado a la puesta en escena (que es lo que realmente me apasiona), a menos que uno vaya a lo seguro y se quede en casa a deleitarse con obras maestras, cada vez me dejo llevar más por los intérpretes, encontrando en ellos, en su forma única de estar, comportarse, dialogar o reaccionar, ese cine que no son capaces de crear tantísimos realizadores actuales (y no me refiero solo a peleles de productores, también los autores tienden a dormirse en los laureles).

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