Desconozco si es algo común a otros festivales, pero una de las señas de identidad de Sitges son sus maratones. A eso de la una de la madrugada, puedes ver una serie de tres películas (y algún corto) por el precio de una (normalmente, en cada cine proyectan uno a diario). Como a estas citas tan tardías suele acudir un público deseoso de propuestas diferentes, y para qué negarlo, poco exigente, ante todo con ganas de reírse y pasar un buen rato en compañía de espectadores con gustos similares, los títulos que se incluyen en el maratón se corresponden con las historias más absurdas, cómicas o sangrientas de la programación.
Al menos, en teoría. Como podréis suponer, los maratones también se aprovechan para colar producciones más mediocres y corrientes de lo que aparentan, con la idea de que a ese precio y a esas horas, los espectadores no van a quejarse mucho, y siempre pueden quedarse a dormir si se aburren, a la espera de que la siguiente película les resulte más satisfactoria. No es el caso del maratón que os voy a comentar, quizá el más interesante de todos los que hubo, aunque puedo aseguraros que la sala empezó llena y cuando se proyectó el último film, en torno a las cinco de la mañana, ya sólo resistíamos la mitad. Eso sí, aún quedaban fuerzas para reír y aplaudir, incluso sin buenos motivos.
‘Zebraman: Attack on Zebra City’, Miike desatado
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