Bienvenidos a Zombieland

El sábado 10 era “el día zombie” en Sitges. La programación estaba prácticamente dominada por películas sobre muertos vivientes y a las ocho y media de la noche estaba prevista la popular “zombie walk” o “marcha zombie”; por unas horas, cualquiera podía convertirse en un zombie, acudiendo al edificio Miramar para un apropiado maquillaje, totalmente gratuito (los mordiscos no estaban prohibidos, pero era improbable que el maquillaje se contagiara de ese modo). No he estado otros años, así que no puedo comparar, pero lo que vi el sábado fue un acto bastante chapucero.

A eso de las ocho me acerqué con mi camarilla de fotos para ver la manada de zombies; el director y tres de los protagonistas de ‘Zombieland’ iban a dar el pistoletazo de salida, así que también fui para ver aquello, por si habían organizado algo simpático. Pero no. La gente por allí con ganas de pasarlo bien, y lo único que recibieron fue otro jarro de agua fría. De nuevo se demostró que el Festival lo mantiene la gente, no los que se llevan las medallas y el dinero.

En lo alto del Miramar había un tipo disfrazado, con un micrófono, que se creía un showman y no dejaba de decir tonterías y burradas (entre otras cosas, llamó “apestosa zorra” a una chica que tenía a su lado, y más adelante simuló que se la tiraba allí mismo, animando a que todos hicieran lo mismo por las calles de Sitges). Muy pronto, los participantes de la marcha empezaron a abuchearle y le pidieron a gritos que se callara, especialmente cuando el tipo no dejaba de llamarnos “frikis” a todos los que estábamos allí. La gente estaba dispuesta al cachondeo, pero no a reírle las gracias a un mequetrefe.

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