James McTeigue

El cine a lo largo de su más de un siglo de existencia ha servido en muchas ocasiones para escaparnos de la realidad de nuestras vidas, para entrar en otros mundos, fantásticos o no, que nos haga olvidar nuestra miserable existencia —no, Adrián, no voy a citar ‘Avatar’ como bálsamo a la pobreza de nuestras vidas—; incluso se han valido de esos mundos como alegorías a cosas auténticas y reales. En la actual cartelera pueden encontrarse varias cintas que pretenden, de una forma u otra, unas muy directamente, otras de otro modo más sutil, hablar del ser humano en general, de nuestros miedos, nuestros sueños, de aquellos que hace que nos sintamos realizados, o todo lo contrario.

‘Donde viven los monstruos’ (‘Where The Wild Things Are’, Spike Jonze, 2009) es la adaptación de un famoso cuento de Maurice Sendak que en los USA es prácticamente una lectura obligada —eso en un país donde se admiran memeces como ‘El guardián entre el centeno’ no quiere decir mucho—. Dicen que Spike Jonze se aparta considerablemente del cuento para poder adaptarlo adecuadamente al medio cinematográfico, pero como ya sabemos una cosa es lo escrito y otra bien distinta lo filmado. Y aunque dé la sensación de que Jonze podría apartarse del estilo con el que nos bañó en dos ocasiones, lo cierto es que su estilo está más vivo que nunca, por primera vez, diría yo. Tanto que, para el que esto suscribe, ha firmado su mejor trabajo hasta la fecha.

Me he acercado con muchísimo miedo a ver ‘Donde viven los monstruos’, pues los dos anteriores films de Jonze me aburren sobremanera, y en el caso de ‘Adaptation’ me sacan de quicio. Creo que Charlie Kaufman —ganador de uno de los Oscars más merecidos de los últimos años— y Jonze jamás se entendieron, no sé si por lo denso de los guiones del primero, o por la desfachatez de puesta en escena del segundo. Ahora Jonze no ha contado con Kaufman y parece que todos hemos salido ganando. La historia del niño que decide crear un mundo imaginario para él solo es más asequible para el público que lo narrado en sus dos anteriores películas, en las que realidad y ficción intentaban darse la mano. Tal y como diría mi compañera Beatriz, ejercicios de metalingüismo, que en mi caso me provocaban verdadero dolor de cabeza, no por sus alegorías, sino por su pedantería disfrazada de cine culto.

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