(Aviso: incluye datos que pueden dar pistas sobre el desarrollo de la trama.)
Es habitual en relatos que incluyen algún elemento sobrenatural que, si se otorga un poder, éste lleve asociada una contrapartida, más allá de los inconvenientes y responsabilidades naturales. Y no me refiero a una debilidad, como la vulnerabilidad ante la kriptonita, sino a una especie de pago kármico. Esto haría pensar que los dioses o seres superiores que conceden dicho don son guionistas o narradores de historias, pues sólo cabría este arreglo en la mente de alguien que busca un conflicto o que quiere jugar con su personaje para interesar a terceros, es decir, porque sabe que existen lectores o espectadores. Son unas reglas del juego impuestas porque conviene, pero que tendrían más valor si se sostuviesen en algo que no fuese caprichoso.
Para rebatir este inconveniente, cabría pensar que el dilema, artificial y forzado, que se le presenta al personaje de Eduardo Noriega en ‘El mal ajeno’ —film que se estrena este jueves, 18 de marzo— es una metáfora de otro tipo de elecciones ante las responsabilidades. Sin embargo, me cuesta realizar por completo esa asociación con algo real. El film no da muestras de rastrear un paralelismo, sino de aspirar a plantear con la capacidad y su efecto secundario una cuestión moral insalvable . Daniel Sánchez Arévalo firma un guión que parte de una premisa llena de posibilidades, la más sobresaliente la de aportar un granito de originalidad al drama gracias al ingrediente fabuloso, pero asimismo la de calar hondo psicológicamente. El desarrollo de esta idea, no obstante, se siente parco con respecto a lo que podría haber alcanzado. El argumento queda, entonces, dilatado y acolchado con episodios de apoyo sin los cuales se podría haber expuesto lo mismo en un cortometraje. A pesar de su estiramiento, la trama tiene el mérito de mantener la atención, sin resultar excesivamente tediosa.
Editores 0
Comunidad 0