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Inspirada lateralmente en una historia real, esta es una de las películas de Sydney Pollack que más fama ha obtenido a posteriori, seguramente no tanto por su éxito en taquilla o por el protagonismo de un Robert Redford en su apogeo actoral, sino por algo mucho menos obvio, su exitosa y larga serie de reposiciones televisivas, que la han convertido en una película tanto de medianoche como de media tarde, incluso una habitual en muchos de los ciclos de westerns programados por televisiones autonómicas.
La película es bastante simple, de hecho su argumento es de una delgadez conceptual encomiable: un hombre, cansado de la guerra, se refugia en las montañas para descubrir que una epopeya de supervivencia todavía peor le espera, incluyendo problemas con otros hombres y sobre todo con una naturaleza con la que cabe llevarse bien sin esperar antes un proceso de adaptación cuanto menos arduo. Ese hombre es un veterano de aquella guerra mejicana que ocurrió entre 1846 y 1848 y que enfrentó a América con su país vecino por aquella independencia tejana que tanto indigestó a los mexicanos. Las montañas, claro, son un contraste a ese pasado que el protagonista huye, pero también son un gran ejemplo de romanticismo.
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