Al final, aunque parezca mentira, las fechas cuadran. Seguramente porque la épocas quedan influidas por las mentes creativas que viven en ellas, y no a la inversa. Pero poco importa. Que en 1999 confluyeran filmes como ‘Una historia verdadera’ (‘The Straight Story’, David Lynch), ‘El sexto sentido’ (‘The Sixth Sense’, M. Night Shyamalan) o ‘American Beauty’ (id, Sam Mendes) puede ser un azar, o la confirmación de que en el arte el azar no existe. Que a finales de los años noventa, y del siglo XX, la ficción audiovisual, sobre todo la norteamericana, encontrara estos, entre otros, iconos del fin de una era, es bastante ilustrativo. Pero lo es aún más cuando Alvin Straight (Fansworth) significa, de alguna manera, la defunción del western, cuando Malcolm Crowe (Willis) es todo un antihéroe del personaje del thriller clásico, y sobre todo cuando Lester Burnham (Speacy Spacey) en ‘American Beauty’ representa todo aquello que el cine clásico norteamericano (el más conservador, se entiende) ha querido siempre evitar: el hombre de mediana edad, hastiado, de miserable vida sexual, patético entorno familiar, gris vida laboral, y en conjunto la mentira del sueño americano.
Que, además, la película fuera dirigida por un británico de gran trayectoria teatral, el oriundo de Reading Sam Mendes, también tiene su ironía. Eso sí, el guión es de un norteamericano como Alan Ball, nacido en la muy sureña Atlanta, lo que es un dato importante. Entre ambos construyeron la certificación del fin de una Estados Unidos que durante tantas décadas se nos ha vendido (el que quiso lo compró) como un paraíso capitalista en el que sus criaturas siempre serán felices y sonrientes. No es la primera vez, ni mucho menos, que una película (norteamericana o no) indaga en los fantasmas y en las argucias de la ‘happy life’ estadounidense, pero pocas veces se ha hecho con tanta mala uva y con tanta lucidez, a través de una familia que de belleza tiene más bien poco, aunque su guionista y su director no tengan reparos a la hora de ofrecerles una cierta dignidad y una cierta redención. No es un filme perfecto, porque quizá tampoco quiere serlo. Es un zarpazo a lo políticamente correcto, al estado de bienestar y a la falsa moral.
No creo exagerar si digo que gran parte de la carga crítica de esta película proviene de la pluma de Ball, más que de la cámara de Mendes. El británico, desde entonces, intentó un ataque al belicismo y a la maquinaria militar norteamericanos con la fallida ‘Jarhead’ (id, 2005), y un nuevo estudio del vacío familiar y personal en la floja ‘Revolutionary Road’ (id, 2008), que está bien dirigida pero que hace añorar el trabajo de su debut como director en ‘American Beauty’. Estos filmes carecen de la potencia transgresora de aquella. Mientras que Alan Ball ha continuado indagando con gran éxito en la América más real y menos acartonada, con la inigualable serie ‘A dos metros bajo tierra’ (‘Six Feet Under’, 2001-05) y con la divertida parábola cultural y social de ‘True Blood’ (id, 2008-presente). Pero poco importa de quien sea el mérito, porque el guión y los diálogos de Ball son excelentes, y la puesta en escena y la dirección de actores de Mendes impecables.
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