Cinema Paradiso

Hace poco sufrimos la pérdida de Philippe Noiret, y un servidor al igual que muchos aficionados, o eso me gustaría suponer, se ha acordado irremediablemente del personaje que encarnó en ‘Cinema Paradiso’, el proyeccionista de un cine, Alfredo. Como ya habían pasado muchos años desde la última vez que la vi, decidí que era un buen momento para volver a aguantarla, y cuando uso el verbo aguantar no estoy queriendo decir ni sugerir que el film me haya parecido malo. Cuando uso ese verbo me refiero a que otra vez tendría que reprimir las enormes ganas de llorar que me entran cuando veo esta película, sobre todo en su tercio final. Cualquier cinéfilo que se precie de serlo se habrá dejado enamorar en todos los aspectos por una de las más grandes obras maestras del Cine de los últimos 20 años. El enorme amor que la película dirigida por Giuseppe Tornatore demuestra hacía el Séptimo Arte, es a todas luces, uno de los más grandes homenajes hacia el Cine que se hayan hecho jamás.

Mi cariño hacia este film va todavía más allá, ya que durante tres años de mi vida me dediqué a trabajar en la cabina de un ya desaparecido cine de mi ciudad. Ver lo que acontece en la cabina del Paradiso no sólo me emociona porque me conozco todo lo que el personaje hace, sino porque me trae unos recuerdos emocionantes e imborrables a mi memoria. Eso no debería influirme para criticar una película que sin necesidad de que me recuerde una época de mi vida, la considero perfecta de principio a fin. Algún día contaré mis experiencias en dicha cabina, enumerando los “accidentes” que en ella ocurrían, tantos aquellos que terminaron siendo anécdotas graciosas como aquellos que sería mejor no contar.

Supongo que a estas alturas el argumento de la película os lo conoceis todos, incluso los que aún no la habeis visto. A modo de flashback un hombre recuerda su infancia y juventud en un pequeño pueblo italiano en el que llegó a trabajar en la cabina del cine, forjándose una amistad inquebrantable con operador de la misma, Alfredo, un ser solitario y entrañable que tratará a Totó (así se llama nuestro protagonista) como si fuera el hijo que nunca tuvo. Pasarán los años y con ellos la vida, el cine y la vida, el amor, el cine y el amor…

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