Crash

El guionista de ‘Million Dollar Baby’, Paul Haggis ha realizado su segunda película cómo director, la cuál se estrena en nuestro país la semana que viene, y ya era hora, porque es una producción del 2004. Lo hace con el subtítulo de ‘Colisión’, poco apropiado, diría yo, porque en el contexto de la película significa ‘golpe’, y más concretamente emocional. Desde luego eso es lo que no le falta a este magnífico film: emoción. La hay a raudales, en todo momento, no dejando libre al espectador un sólo instante, sumergiéndolo en una urbe de personajes, cada uno con su historia, y no nos deja indiferentes.

‘Crash’ sigue el típico esquema de película coral, dónde un montón de personajes que en apariencia, no tienen nada en común, nos hablan de sus problemas, de sus relaciones, de sus vivenvias, mientras sus historias van entrelazándose hasta llegar a un punto, un nexo de unión, dónde todo cobra sentido. Haggis, excelente guionista, aprovecha al máximo este esquema, pareciendo incluso que sea novedoso, debido a su enorme pericia para unir los diferentes elementos de la historia, aunque no llega a ser del todo perfecto, debido a que alguna situación esté un poco forzada, cosa que impide que nos encontremos ante la absoluta obra maestra que este film debería ser, porque la gran sorpresa de esta película se encuentra en la labor de Haggis tras las cámaras, ya que gracias a su estupenda puesta en escena, su propio guión termina teniendo una fuerza impresionante, alcanzando dimensiones casi épicas, gracias a unas poderosas imágenes, que el director combina perfectamente con lo habilidoso del guión, que nos lleva por las calles de Los Angeles, dotando a la gran ciudad de un aire místico que envuelve a sus personajes, tal y cómo sucedía en la mejor película de Lawrence Kasdan, ‘Grand Canyon’, película con la que ‘Crash’ guarda más de un punto en común.

Haggis coge la ciudad y a sus personajes, los lanza al vacío, y deja que tengan un auténtico y brutal choque entre ellos. Navega por los miedos y esperanzas de cada uno, con timón seguro. A algunos los hace odiosos, a otros adorables, y al resto una unión de ambas cosas. Los mezcla, los enfrenta, y actúa como casi un Dios con ellos, dirigiendo sus vidas en todo momento, haciéndoles pasar por situaciones límite, y haciéndoles ver que a pesar de las estúpidas diferencias raciales, y de lo puta que puede ser esta vida, siempre hay un lugar para la comprensión, para el aceptamiento, para el perdón, para el amor.

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