La figura de Ingmar Bergman, aunque sin duda se trata de una de las más respetadas por la crítica más exigente, no goza de ninguna clase de unanimidad, lo cual es una virtud en sí misma. Pero lo que más me sorprende, es que para muchos sea el epígono de lo elitista y lo simbólico cuando, a mi juicio, se trata de un artista muy humano. Es decir, de un cineasta lúcido y clarividente con la condición humana, al que siempre le preocupó el hombre y la mujer, el sufrimiento y el destino, la muerte y lo espiritual. Mientras grandes películas de otros colosos reciben el superficial calificativo de “obra maestra”, las suyas reciben, en el mejor de los casos, el de “obra de arte”, casi como un estigma cultural, cuando no “obra de culto”, como si solamente una panda de iluminados pudieran apreciarlas. Cuando es todo lo contrario. En 1945, convertido ya en un sólido director teatral, de creciente influencia en la cultura sueca, decide dirigir su primer largometraje, ‘Crisis’ (‘Kris’), que fue acogido con frialdad por público y crítica, y aunque no es más que un debut balbuciente, ya se intuyen muchos de los caminos que transitará las siguientes cinco décadas.
¿Esto le convierte ya en un autor, cinco lustros antes de su consagración internacional? Probablemente. Pero lo más importante no es la etiqueta de autor, sino constatar que Bergman fue fiel a sí mismo desde sus comienzos, por mucho que su particular mirada fílmica tardara unos años en dar verdaderos grandes frutos estéticos. Ya el mismo título, ‘Crisis’, podría aplicarse a cualquiera de las películas de la larga carrera de Bergman, y casi a cualquier drama propiamente dicho, pues una crisis es condición ineludible para que cualquier personaje que se precie de serlo pueda expresar las pulsiones que hipnoticen la cámara de un autor interesado en mostrar al ser humano en carne viva, sin aditivos genéricos ni retóricos de ninguna clase. Todos los personajes de Bergman están en crisis, no ya con el mundo, sobre todo consigo mismos, escindidos entre el pasado y el presente, por lo que quedan trágicamente incomunicados con el otro (frecuentemente su pareja). Y este relato es el primer paso en la cristalización de esa obsesión bergmaniana.
El guión de Bergman (que en un principio le fue ofrecido por la Svensk Filmindustri, pero que fue reescrito por él para ser más afín a sus intereses), está basado en la pieza teatral de Leck Fischer (según Bergman, un escritorzuelo que le daría la posibilidad de forjar sus primeras armas como director de cine), y su historia es un ejemplo clásico de narración de la pérdida de la inocencia…aunque también de algo más: la jovencísima Nelly (Inga Landgré) vive con su madre adoptiva, una profesora de piano llamada Ingeborg (Dagny Lind), en un bucólico pueblecito en el que la paz y la serenidad parecen irrompibles. Pero cuando decide ponerse en contacto con su verdadera madre, Jenny (Marianne Löfgren), todo cambiará drásticamente, y Nelly accederá a un mundo (el de la gran ciudad, Estocolmo, el del cinismo, el de la modernidad, un mundo despiadado) que le arrebatará toda inocencia y todo candor, convirtiéndose en una persona mucho más cercana a su madre, aunque de manera trágica. Aquí están comprimidos, en forma embrionaria, muchos de los temas más puramente bergmanianos.
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