François Truffaut estuvo muy unido en un principio al pedante ése de nombre Jean-Luc Godard, por lo que su incursión en la Nouvelle Vague fue prácticamente forzada, cosa que puede llevar a equívoco. En sus primeros años hizo películas que podrían incluirse en dicha corriente, como las maravillosas ‘Los Cuatrocientos Golpes’ o ‘Jules y Jim’. Sin embargo, Truffaut siempre hizo cine de género, influido enormemente por los clásicos americanos de los que se conviritó en un experto inigualable, y alejado totalmente de las constantes que caracterizaban a la Nouvelle Vague, o mejor dicho, de las que caracterizaron a muchos de sus colegas que terminaron haciendo un tipo de cine que en principio denunciaban (otro día entro en detalles, cuando me encuentre lo suficientemente animado como para hablar de una corriente que con el tiempo se prostituyó de forma alarmante). Con el paso de los años, y afortunadamente, Godard y Truffaut se distanciaron enormemente conviertiéndose en enemigos acérrimos. Esa separación no fue sólo a nivel personal. Sus vidas artísticas también siguieron caminos muy, pero que muy diferentes. Mientras uno hacía coñazos insoportables, el otro se dedicó a hacer cine, y del bueno.
La vida de Truffaut fue siempre muy problemática, y aquí también podría extenderme muchísimo, pero sólo citaré aquello que tiene que ver con ‘El Pequeño Salvaje’, que es la película que me ocupa hoy. Su infancia apenas existió. Metido siempre en problemas, tanto con la ley (robaba para pagarse la entrada al cine) como con su profesores en la escuela (un día, por llegar tarde, se inventó la excusa de que su madre se había muerto) hicieron que Truffaut apenas tuviera una educación como Dios manda. La relación con sus padres jamás existió, y de hecho nunca confiaron en él para absolutamente nada. Siempre le marcaría el haber sido criado, que no educado, por un hombre que no era su verdadero padre al que sí conocería muchos años más tarde. Por todo esto, cuando la historia de ‘El Pequeño Salvaje’ cayó en sus manos sintió unos enormes deseos de adaptarla al cine, dirigiéndola e interpretándola él mismo. Un niño salvaje es encontrado en unos bosques franceses en el siglo XVIII. Será llevado a la civilización y allí llamará la atención de un eminente doctor que se dedicará a educarlo para convertirlo en un ser civilizado.
Así pues, Truffaut que nunca tuvo una buena educación, se convertía en un educador que podría hacer algo de bien por un muchacho con posibilidades, a pesar de su salvajismo. Es evidente en el film, el cariño que el director siente por la historia, la cual condensa en unos ajustados 80 minutos de duración, donde le da tiempo a hablar de todo, haciendo gala de un magnífico montaje y un sentido del ritmo extraordinario, con el que logra que el espectador no se aburra jamás con una historia que tiene muchísimo de didáctica, quizá demasiado.
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