Stanley Kramer dirigió en 1958 esta película que tuvo un gran éxito, tanto crítico como comercial. Es un claro ejemplo del tipo de cine de denuncia que se solía hacer en aquellos años, y en este caso el tema a denunciar era el racismo, que está tratado en forma de thriller dramático.
Un camión que transporta presos tiene un accidente; como consecuencia, dos de esos presos, un hombre blanco y otro de color, encadenados ambos por una cadena, escapan y emprenden una larga huída en busca de la libertad. Pronto serán perseguidos por un grupo de hombras, policías y civiles, ansiosos de sangre, al frente de los cuales está un sheriff que cree en la justicia, y no quiere que las cosas se desmadren. Ambos fugitivos irán conociéndose poco a poco mientras atraviesan no pocos peligros.
Los dos papeles protagonistas corren a cargo de dos actores que empezaban a ser muy famosos en aquella época, Tony Curtis y Sidney Poitier. La verdad es que los dos están muy bien, antagonistas unidos por el mismo destino. Curtis interpretando a un hombre que sueña con ser alguien importante, y Poitier a otro, cansado y harto del racismo que sufre su persona. Ambos, totalmente distintos, y unidos por un interés común tratarán de sobrevivir en un mundo injusto, y que no está hecho para ellos.
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