Con el debut que supuso ‘Crisis’ (‘Kris’, 1945), la cual no suscitó precisamente ninguna admiración por parte de la cinefilia o la crítica (aunque es un debut más que interesante, pero esto dice mucho de lo innecesario de aupar a un autor en sus comienzos, pues si es un autor con valía acabará demostrando de lo que es capaz) o apoyo por parte de la industria (la Svensnk Filmindustri le retira su respaldo…aunque sigue solicitándole guiones…), Bergman, más que amilanarse, continuó trabajando sin descanso, como director teatral, escritor y cineasta, y buena prueba de ello es que es capaz de estrenar una película al año, prácticamente, gracias al margen que le proporciona su creciente prestigio como director escénico y dramaturgo, y como una de las centrales figuras culturales en la Suecia de finales de los años cuarenta. Luego lo será mucho más, claro, lo que no le evitará problemas con sus colegas y con su gobierno, pero ya llegaremos a eso. De nuevo sobre una obra teatral (de Oskar Braaten), y con guión propio (y de Herbert Grevenius).
‘Llueve sobre nuestro amor’ (‘Det regnar på vår kärlek’, 1946) constituye un segundo esfuerzo que, al igual que el primero, nos muestra a un Bergman todavía como si pidiera perdón por haberse convertido en cineasta, no titubeante, pero sí exageradamente cauto desde un punto de vista estético, sobre todo teniendo en cuenta de lo que sería capaz algunos años más tarde. El consolidado hombre de teatro sería por bastantes años un hombre de cine temeroso, quizá, de ser él mismo, a la espera de madurar lo suficiente para dar lo mejor, sin complejos, y no es de extrañar esa afirmación suya, ya comentada anteriormente, de que hasta los años sesenta sus películas fueron meros ensayos o pruebas para él. En esta segunda realización suya, se deja sentir una mayor solidez a la hora de dominar la cámara y los tiempos, e idéntica brillantez con los actores, pero todavía estamos lejos del Bergman que deslumbrará a partir de ‘Fresas salvajes’ (‘Smultronstället’, 1957).
Aunque sin el respaldo de la más importante institución cinematográfica de su país, Bergman pudo levantar esta película gracias a la admiración y la fe ciega de Lorens Marmstedt, uno de los productores europeos independientes más destacados de la primera mitad de siglo, y que durante algunos años, y algunas películas, va a resultar una ayuda inestimable para el quehacer fílmico de Ingmar Bergman. Yo vi esta película gracias a la magnífica videoteca de la Escuela de Cine de Madrid (la infausta ECAM), y aunque no la he podido ver de nuevo porque es difícil encontrarla, el lector quizá pueda recuperarla de la colección que en 2008 se editó del director en nuestro país. Y ya hace ocho años me pareció un Bergman increíblemente accesible, directo y sincero, que hablaba con singular lucidez de la dificultad del amor en la pareja (algo que le obsesionaría toda su vida), de las vueltas del azar y de la indiferencia y crueldad de una sociedad poco dispuesta a admitir al diferente, al sensible, al marcado.
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