En mi personal concepción del cine, tiendo a clasificar las películas que veo (y veo las que considero importantes, no me hace falta ver la mayoría de las películas que se estrenan para saber que no merecen la pena) según los directores. Y al igual que en un libro de arte renacentista de finales del siglo XV y principios del XVI, en el que se nombraban a los grandes escultores o pintores, y después a los menos grandes pero también importantes, y finalmente a los simplemente dignos de mención, ignorando a todos los demás, imagino un libro de arte cinematográfico (que nunca escribiré...) en el que se nombra a los colosos de finales del siglo XX y principios del XXI, después a grandes directores, y finalmente a directores valiosos pero no grandes, cada uno contribuyendo al desarrollo del arte del cine con su estilo particular y con el talento, la fuerza y la originalidad que llevan dentro. En el último de estos grupos podría situar a gente valiosa como David Fincher, en el segundo a gente grande como John Carpenter o Clint Eastwood, y en el primero a colosos como Francis Ford Coppola, Zhang Yimou, Terrence Malick, Roman Polanski, Martin Scorsese y desde luego a Paul Thomas Anderson.
Su tercer largometraje, tras el rotundo éxito de la tremebunda ‘Boogie Nights’ (id, 1997), que a golpe de talento le situó en la órbita de los directores más importantes de su generación, rivalizando además con los más célebres de la generación del New Hollywood, a quienes tanto ama y tanto debe, llegó cuando su creador contaba, tan solo, con veintinueve años. Y siendo ‘Magnolia’ (id, 1999) no solamente la mejor película norteamericana del año en que vio la luz, sino probablemente una de las más bellas, profundas, enigmáticas, singulares y poderosas películas norteamericanas en muchas décadas, empezamos a hacernos una idea de lo que Anderson consiguió siendo todavía tan joven. Existen pocos placeres comparables a escribir sobre las películas de nuestra vida (y el único superior es volver a verlas), porque haciéndolo no solamente se les rinde homenaje y veneración, sobre todo uno aspira a contribuir en algo a que universalmente sean reconocidas entre lo más hermoso y emocionante que se puede ver en una pantalla, y así uno pueda formar parte de ellas, aunque sólo sea dejando por escrito la propia, e infinita, admiración.
Lo verdaderamente grandioso parece tocado por una serie de milagros entrelazados, que en realidad son lo que un gran poeta definió una vez como “obligar a la naturaleza, casi al universo, a plegarse a tu talento”. Que finalizando el siglo, un siglo marcado por el cine, en un año que además trajo películas tan importantes como ‘El sexto sentido’ (‘The Sixth Sense’, M. Night Shyamalan), ‘Hoy empieza todo’ (‘Ça commence aujourd’hui’, Bertrand Tavernier), ‘American Beauty’ (id, Sam Mendes), ‘Una historia verdadera’ (‘The Straight Story’, David Lynch), ‘El club de la lucha’ (‘Fight Club’, David Fincher), aparezca ‘Magnolia’ situándose por encima de todas ellas es, de por sí, una hazaña asombrosa. Y se sitúa por encima no por unas pocas, sino por muchas razones, que incluyen uno de los mejores guiones narrativos que se han escrito jamás, uno de los más asombrosos repartos de intérpretes en estado de gracia que posiblemente nadie haya disfrutado en una pantalla, una de las puestas en escena más audaces y valientes a las que cualquier realizador pueda aspirar, y una de las historias más ricas en matices y personajes, y más originales en desarrollo y ejecución, que imaginar quepa. Vamos por partes, pero vamos a por ella ¿os parece?
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