Ahí están todos, reunidos para La Última Cena. Tragando como desesperados, burlándose unos de otros, retratados por la entrepierna de la indigente menos virginal que imaginar quepa. Que ‘Viridiana’ (1961) llegara a existir, de la forma en que existe, es un milagro en sí mismo, prueba suprema de que si existe Dios también permite que el Diablo obre alguna acción divertida, de cuando en cuando. La historia de su creación es tan apasionante, retorcida e ingeniosa como la propia película, y que se filmase en nuestro país tres lustros antes de la muerte del Generalísimo da para otra película. Por supuesto, no se estrenaría en España hasta después del fallecimiento del dictador. La veríamos concretamente el 23 de Mayo de 1977. Para entonces ya hacía mucho que había sido considerada una de las más importantes obras paridas por Luis Buñuel, cuyo regreso a España, tantos años después de su exilio, no pudo ser más sonado. Hablamos de una leyenda del cine. Puro arte subversivo, dinamitero, imprescindible.
Precisamente hoy se cumplen cincuenta años exactos de que esta “moralmente repugnante” obra maestra se alzara con la Palma de Oro en el Festival de Cannes...y, con sinceridad, no parece que a sus espaldas cargue con tantas décadas de existencia. Más bien parece que es una película completamente actual (y, de hecho, más necesaria o contemporánea o elegantemente salvaje que nunca) y, a su lado, mucho cine moderno, supuestamente innovador y rompedor, se queda en jueguecitos de estrellitas que se estrellan creyéndose genios del cine. Para genio del cine, Buñuel, que cabalga en el Parnaso del Cine al lado de los verdaderamente grandes. Y cuando digo grandes digo los de siempre: Kurosawa, Coppola, Tarkovski, Mizoguchi, Bergman, Bresson, Malick, Antonioni, Polanski. Es decir, colosos que no “se dedican” al cine, sino que para ellos el cine es simplemente un estado, una estructura del pensamiento, una forma de vida.
El guión de ‘Viridiana’ lo escribiría Buñuel al alimón con Julio Alejandro, con quien ya había trabajado en la magistral ‘Nazarín’ (1959) y que también le ayudaría en futuros proyectos. Que Buñuel consiguiera hacer ese guión en España tiene mucho que ver con la búsqueda del franquismo de una apertura cultural. Pero le salió el tiro por la culata, y su acogida con los brazos abiertos al genio exiliado, que había triunfado con cincuenta y tantos en EEUU y México, fue correspondida con un corte de mangas estético. Con producción de Gustavo Alatriste desde México y de Pere Portabella y Ricardo Muñoz Suey desde España, “salvó” la censura franquista porque algunos quisieron ver en esa historia un melodrama sin mayores pretensiones. Pero cuando se estrenó en la última jornada de Cannes, todos supieron que la cosa era mucho más grande, y mucho más “peligrosa”. Es decir, una conquista. Buñuel, en su esplendor, obsesionado con lo clerical, con la gloria de la nada, rompía el cine en mil pedazos.
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