¿Y ahora adónde vamos?

‘House of Tolerance’, elegía por las mujeres de un burdel

Termino con este artículo el repaso a las películas que vi durante el festival de Cannes 2011. Y empiezo con una película extraña, lírica, cruda, melancólica, asfixiante, cuyo título recomiendo apuntar a todos aquellos lectores ávidos de un cine diferente, que sin ser plenamente satisfactorio, sin llegar a lograr todo lo que pretende, deja huella, contiene ideas e imágenes tan inusuales y poderosas que quedan grabadas; de ésta nunca olvidaré una escena tan violenta que me hizo apartar la mirada de la pantalla, algo que no han conseguido incontables películas de terror. Incluida en la sección oficial (no se llevó ningún premio, y las reacciones del público fueron tan dispares como cabía esperar), ‘House of Tolerance’ (‘L´Apollonide: Souvenirs de la Maison Close’) es el quinto largometraje del francés Bertrand Bonello y el segundo con el que ha competido por la Palma de Oro, ocho años después de ‘Tiresia’ (2003). Está ambientado en un burdel de París de principios del siglo XX (lo que no impide que suene el ‘Nights in White Satin’ en una escena preciosa), y se centra en el día a día del grupo de mujeres que allí trabajan, mujeres que por la mañana sueñan y ríen, abrazando la esperanza de una vida mejor, hasta que por la noche asumen su triste realidad, se convierten en objetos sexuales para hombres adinerados, se abren de piernas por unas monedas. Hay desnudos y sexo, como es lógico, pero sobre todo hay humanidad (maltratada) y fetichismo.

Hay una escena que me parece muy representativa en la que una de las protagonistas, en un momento de tristeza, encara a otra y le suelta: “Joder es una profesión espantosamente jodida“; unos instantes después, las dos se parten de risa. Están encadenadas a deudas imposibles de saldar, sufren y son tratadas como seres inferiores (uno de los clientes cita un estudio que concluye que las prostitutas tienen el cerebro pequeño, como los criminales), pero están vivas, al menos de momento, y se tienen las unas a las otras. Bertrand Bonello no carga las tintas, no se regodea en la desgracia ni pretende aleccionar a nadie, solo retrata de la manera más honesta y cercana que puede la existencia de unas mujeres dedicadas a satisfacer los deseos y las fantasías de los hombres (fantástica la comparación con el presente), en esa “casa de la tolerancia” que es prácticamente el único escenario de la película, logrando una acertada sensación de claustrofobia. Es interesante la ambigua relación de las chicas con los clientes, algunos de los cuales hacen promesas que jamás cumplirán. Apoyado en la sensacional labor fotográfica de Josée Deshaies, Bonello se centra en componer sofisticadas y exquisitas imágenes (algunas sorprendentes, como la del sueño recurrente), sin restar naturalidad al trabajo de su elenco, pero se olvida del ritmo y la agilidad narrativa, entregando un relato demasiado estático, contemplativo. ‘House of Tolerance’ aburrirá a muchos, pero su contundencia, su valentía y su belleza la convierten en una rareza memorable.

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