Conan el bárbaro

Ya queda bastante poco para que se estrene en todo el mundo la nueva versión del personaje creado en el primer tercio del siglo XX por el escritor Robert Erwin Howard. ‘Conan, el bárbaro’ (‘Conan the Barbarian’, 2011) estará dirigida por Marcus Nispel, que hasta ahora no es que haya destacado demasiado como cineasta de género, y Jason Momoa (una bestia parda) dará vida al famoso aventurero, espadachín, ladrón, mercenario, pirata, general y rey. Hemos visto el tráiler, y ha habido reacciones para todos los gustos y de todos los colores. Pero sobre todo se han generalizado unos comentarios que, como se imaginará el lector, me dejan estupefacto: que nadie podrá hacer de Conan como Arnold Schwarzenegger y que su díptico (tríptico si contamos con la funesta ‘El guerrero rojo’ (‘Red Sonja’, 1985), aunque en lugar de Conan se llamaba Kalidor para no pagar los derechos…) es ejemplar como cine de aventuras. Con sinceridad, no puedo estar menos de acuerdo con ambas apreciaciones por parte de los seguidores de esta película.

No es cuestión de polemizar (aunque de la polémica muchas veces surgen ideas y debates muy ricos e interesantes), es cuestión de decir lo que siento desde el corazón: si esto es gran cine de aventuras, no es de extrañar las pocas cintas realmente estimulantes (para mí) que nos llegan cada año, generalmente desde el otro lado del Atlántico. Y no solamente es que aventuras, lo que se dice aventuras, encuentra uno muy pocas en la cinta de John Milius de la que vamos a hablar ahora en profundidad. Es que, sobre todo, la traición al original creado por Howard, y luego prolongado con gran éxito en el cómic durante muchas décadas, es tan grotesca que duele verla. Empezando por la elección del actor que iba a interpretar al guerrero, el por entonces ascendente Arnold Schwarzenegger, un error de casting en toda regla. Siguiendo por el dibujo (por llamarlo de alguna manera…) del personaje. Y terminando por el nulo sentido visual de un director que ha demostrado un gran talento en otras ocasiones, y por un diseño de producción equivocado y absolutamente desfasado ya en 1982.

Destroza cráneos y quebranta tibias

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