El fugitivo

“De acuerdo, gente, escuchen. Nuestro fugitivo lleva corriendo noventa minutos. La velocidad media a pie en un terreno irregular como este, salvo lesiones, es de cuatro millas por hora. Eso nos da un radio de seis millas. Lo que quiero de todos y cada uno de vosotros es una búsqueda exhaustiva de cada gasolinera, hogar, almacén, granja, gallinero, cobertizo y caseta de perro dentro de ese área. Los puestos de control cada quince millas. El nombre del fugitivo es Doctor Richard Kimble. Vayan a por él.” – Agente especial Samuel Gerrard (Tommy Lee Jones)

Entramos en la recta final de este ciclo de cine de aventuras con una cinta magnífica que tiene como personaje central a un hombre corriente (cirujano vascular de prestigio, pero no un hombre de acción), y que por tanto poco tiene que ver con la mayoría (o todos) los protagonistas de las películas que ya hemos comentado. Entramos en una nueva década con todo lo que ello supone: un cambio profundo en la técnica y en la narrativa, una artesanía de aventuras que ha aprendido lo mejor de una estirpe tan noble y que al mismo tiempo propone nuevas formas de futuro, y un mundo de aventuras que es el nuestro, tal cual, repleto de trampas tecnológicas, enormes urbes laberínticas, y cazadores legales especializados en atrapar a los criminales (o supuestos) que se escapen de sus redes. Adaptación de la mítica serie de televisión que durante ciento veinte episodios y cuatro años (1963-67) atrapó la imaginación de los telespectadores de medio mundo, siempre es un placer enorme volver a ver esta película para la que la expresión intensa se queda corta y reduccionista.

Se trata, sin lugar a dudas, de la película más redonda de la carrera del artesano Andrew Davis, que no había deslumbrado antes, ni lo haría después, como en esta ocasión, en la que dio lo mejor de sí mismo, como el resto del equipo artístico y técnico, dedicados en cuerpo y alma a un espectáculo cotidiano que exprime lo mejor de la historia original y propone una peripecia física y emocional casi insuperable. Durante más de dos horas asistiremos a la eterna huída de un hombre inocente, y a la infatigable tarea de los guardianes de la ley de encerrarle de nuevo y llevarle al cadalso. Pero lejos de construir con ello una crítica al sistema penal, o un juicio de la despiadada sociedad moderna, aunque también lo es de una forma muy sutil, ‘El fugitivo’ (‘The Fugitive’, 1993) es ante todo un divertimento supremo y una experiencia emocional catártica, que deja al espectador exhausto y satisfecho por haber disfrutado de una narración tan perfecta, verdadero oasis del cine de aventuras en un panorama cada vez más gris y aséptico, más hiperbolizado y gélido. Ver ‘El fugitivo’ es reencontrarse con ficciones en las que el hombre real se enfrenta a grandes avatares y nunca dejas de creerte lo que estás viendo. Toda una hazaña hoy día, cuando los héroes son cada vez más improbables y sobrehumanos, y la acción cada vez peor filmada.

Probado culpable

La historia que nos cuenta es por todos conocida: el doctor Richard Kimble es injustamente condenado por el asesinato de su mujer, pues las pruebas circunstanciales apoyan su culpabilidad, y por un azar del destino (en forma de mezquindad y violencia salvaje) logra escapar, empezando así una verdadera odisea para encontrar al verdadero culpable antes de ser cazado de nuevo. Así, el punto de vista de la historia alternará admirablemente entre la ansiedad del fugitivo (y a la vez investigador de la muerte de su esposa) y la de su perseguidor (cada vez más convencido de la inocencia de su presa y que por su parte también investigará las circunstancias del caso). Sin desfallecer ni un momento, la trama se irá anudando hasta un clímax dilatado en el que ya todos somos el fugitivo y sentimos y padecemos con cada uno de sus esfuerzos. Agradecidos, seguramente, por una aventura que jamás toma al espectador por imbécil, y que rebosa tensión, suspense y humanidad en todas sus secuencias, muy superior a posteriores engendros de acción en los que los cortes abruptos de montaje, el sonido hiperrealista y, sobre todo, las inverosímiles secuencias de acción se quedan anticuadas desde el mismo momento en que se filman.

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