Haciendo un repaso exhaustivo por todas las películas que se han alzado con el Oscar (ese premio de tan dudosa reputación, al fin y al cabo es una industria premiándose a sí misma, nada más sospechoso) saltan las evidencias como chispas. Por ejemplo, que ‘El Padrino’ y ‘El Padrino, parte II’ son muy superiores a prácticamente todas las demás que lo han ganado. Y en cuanto a las que no lo merecían, teniendo en cuenta que eligen nada menos que la mejor película de todo un año, hay dos protagonizadas por el excelente, sanguíneo, instintivo, desaprovechado intérprete que es Russell Crowe.
Una de esas dos es ‘Gladiator’, la décimo primera realización del británico Ridley Scott, con la que recuperó el crédito comercial después de varios rotundos fracasos de público, y a la que cierto sector de la crítica, sobre todo de su país de origen (en opinión de quien esto escribe a años luz de la exigencia de los críticos europeos), trató con una vehemencia desproporcionada, al igual que los aficionados al cine, quienes la valoran muy por encima de lo que merece, ya que si sus limitaciones eran evidentes hace nueve años, ahora son escandalosas, y aunque también posee ciertas virtudes, no son suficientes. Pero vayamos por partes
El subgénero de romanos, que podría situarse entre el género del melodrama histórico y el de melodrama de aventuras, gozó de cierto esplendor hace ya unas cuantas décadas. Y de la misma forma que obtuvo grandes éxitos económicos, su decadencia y desfase fue rápida e inmisericorde. A fin de cuentas, y si repasamos su tradición, no se puede decir que ninguna gran personalidad cinematográfica se haya ocupado de él y haya dado una aportación de peso. Por supuesto que hay títulos emblemáticos, pero su razón de ser quizá desapareció con el género. Por eso la apropiación de los códigos del Peplum por parte de Ridley Scott y su equipo es, primeramente, una estratagema comercial, servida con una campaña de marketing formidable. Pero, ¿hay algo personal en este ‘Gladiator’?
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