La historia de una venganza. Así, a secas. Es como se podría definir el primer volumen del díptico ‘Kill Bill’. En ella, como señalamos, se plantea una historia en la que prevalece la acción trepidante, los golpes de katana y sangre a borbotones. Pero también algunos interrogantes quedan suspendidos. Hasta que en ‘Kill Bill vol. 2’ todo encuentra su perfecto encaje. Respuestas. Eso es lo que más encontramos en la segunda entrega, pero también una honda profundización en los personajes. Algo que sólo se dibuja en su primera mitad y ahora toma cuerpo.
Tarantino plantea este segundo volumen dispuesto a ofrecer el antídoto perfecto contra el veneno inoculado en el espectador con la novia y sus encuentros sanguinolentos. Su particular recorrido vengativo ahora queda explicado. Para ello Tarantino prescinde más del homenaje asiático para dejarse embaucar por el espíritu del auténtico spaguetti western para ofrecer la explicación de todo, para darnos a conocer la auténtica motivación de la protagonista para trazar a katana su único objetivo: matar a Bill.
Y si había un personaje misterioso del que no sabemos nada ese es Bill. Y para presentarlo adecuadamente Tarantino nos regala una de sus especialidades: la entrada en escena del villano. Bueno, aunque villanos en realidad son todos los que pueblan el díptico de Kill Bill, porque en esencia es un retrato del lado perverso, un análisis de los pensamientos, sentimientos e inquietudes de un asesino. Pero a lo que iba, conocemos, por fin, a Bill. Un asombroso David Carradine, a quien el director le otorga su particular homenaje dándole un personaje tan malvado como hipnótico.
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