Siempre he dicho que George Miller es un gran talento como director y guionista. Nacido en la bella Queensland, y perteneciente a una generación de directores australianos que posiblemente tarde mucho en repetirse, Miller ha demostrado ese gran talento en proyectos muy diversos: de vibrantes películas de acción y aventuras con la saga de Mad Max, a brillante cine de animación con la emocionante ‘Happy Feet’ (id, 2005), pasando por el drama sin concesiones, como el de ‘El aceite de la vida’ (‘Lorenzo’s Oil’, 1992). También ha filmado alguna que otra cosa prescindible, como la olvidable ‘Las brujas de Eastwick’ (‘The Witches of Eastwick’, 1987). Nadie es perfecto. Pero a sus 65 años, y a punto de estrenar la secuela de ‘Happy Feet’, que le dio el Oscar, puede estar bien orgulloso de ser el máximo responsable de uno de los más grandes iconos del cine apocalíptico de todos los tiempos, que tiene en su segunda película una joya que se mantiene imperturbable, o casi, al paso del tiempo.
Ayer hablábamos de ‘Asalto en la comisaría del distrito 13’ (‘Assault on Precinct 13’, John Carpenter, 1976) como ejemplo de gran cine de acción, y hoy no nos alejamos mucho de sus apasionantes imágenes para hablar de otro gran filme que derrocha épica y salvajismo por todos sus poros y que convierte a mucho supuesto cine de aventuras actual en cine infantiloide y sin el menor interés. Entre Carpenter y Miller construyen dos nuevas formas de entender la aventura y la violencia, dos conceptos degradados y devaluados hoy día (al menos, en el cine de aventuras que más se comercializa) hasta límites vergonzosos. Pero siempre nos quedará ‘Mad Max 2, el guerrero de la carretera’ (‘Mad Max 2’, 1981) como la genuina, la que ha propiciado docenas de copias y hasta un universo que han aprovechado novelas y videojuegos hasta el mismo día de hoy: el del páramo desértico y las carreteras interminables y polvorientas como ambiente perfecto para lo apocalíptico o futurista, en la que peligrosas bandas de motoristas y guerreros de todo pelaje se despedazan entre sí por un tanque de gasolina.
Lo cierto es que la primera película, ‘Mad Max: salvajes de la autopista’ (‘Mad Max’, 1979), nunca me impresionó demasiado, aunque es bastante digna. En cuanto a la tercera película, ‘Max Max, más allá de la cúpula del trueno’ (‘Mad Max Beyond Thunderdome’, 1985) no me parece tan floja como muchos dicen, pues la considero un notable cierre de la trilogía, que creo sería más valorada de no existir la segunda película. Porque ‘Mad Max 2, el guerrero de la carretera’ es una maravilla que funde, como si tal cosa, el western con la sci-fi, y sub-géneros como el apocalíptico, el de carreras bestiales de coches, y en general el pulp y el exploitation más desprejuiciados, increíblemente amoral y desolador, que además une el espíritu de Peckinpah, de Leone y del cómic y el manga más visionarios, ahí es nada. Un cine que ha influenciado, y ellos mismos lo han admitido, a gente tan importante del cine de ahora mismo como David Fincher, James Cameron, Kathryn Bigelow, y no pocos directores europeos y asiáticos, que han procurado seguir la estela post-apocalíptica de Miller y su anti-héroe solitario.
Editores 8,5
Comunidad 8,2