Tiana y el sapo

Muchos han aplaudido a ‘Tiana y el sapo’ por ser el regreso de la mítica Disney a la animación bidimensional, a esa animación clásica, de coloridos dibujos y personajes entrañables con historias de toda la vida que siempre acaban enganchando a pequeños y mayores. Sin duda, una decisión valiente y más viniendo de quien ha apostado y, ofrecido, el mayor empuje al cine de animación en 3D, hoy día tan en boga. Pero, puede que por una desacertada campaña de marketing, la película no ha cuajado entre los niños de ahora. Quizás, porque para tan esperado regreso al clasicismo Disney podían haber buscado una historia con más gancho.

Y todo esto sin desmerecer el encomiable trabajo de animación de ‘Tiana y el sapo’, que siendo marca de la casa, no podía tener otro calificativo que brillante. Pero, sin embargo, el guión, adaptando un cuento clásico, pero menor (no nos engañemos), no termina de rubricar la altura manifestada en el diseño de personajes y partituras generadas para la película.

Grandes números musicales a ritmo jazz clásico, una ambientación de época en la gloriosa Nueva Orleans, y una protagonista de raza afroamericana (la primera en la historia de Disney), en la era Obama, que asume los valores, encomiables, que la película transmite, para deleite de padres y madres. Es sin embargo, el príncipe, ese personaje alocado, descerebrado y enamorado del ritmo, el que tampoco está a la altura. Un personaje falto de carisma y que no acompaña con suficiente empatía a Tiana, una joven de clase trabajadora y de corazón enorme.

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Editores 6,5

Comunidad 6,4

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