Dune

Después de debutar con la extraña ‘Cabeza borradora’ y triunfar con la extraordinaria ‘El hombre elefante’, en la que como ya explicábamos, Lynch alcanzaba una precoz plenitud y fundía clasicismo y autoría con gran talento, el cineasta entraba en la vorágine de estudiar ofertas y preparar proyectos, a cual más ambicioso. Sin ir más lejos, George Lucas, que había concluido la segunda parte de su saga galáctica, barajaba para dirigir la tercera y última parte los nombres de Paul Verhoeven y David Lynch, quizá en la esperanza de que estos talentos, con relativo poco poder en la industria, pudieran ser más manejables, a la vez que eficaces, en la preparación de ‘El retorno del jedi’.

Desechado Paul Verhoeven (“igual pensaban que pondría a follar a los jedi”, recordaba Verhoeven años después, con sorna) Lucas tentó con fuerza a Lynch, y estuvo a punto de firmar. De hecho, cuentan que Lynch llamó a su representante desde el rancho Skywalker para consultarle, a lo que este respondió: “si te quieres forrar sin hacer prácticamente nada, firma”. Pero Lynch no firmó y, lo que son las cosas, Dino de Laurentiis, que llevaba varios años con los derechos comprados de la famosa novela ‘Dune’, y con varias tentativas fracasadas de llevarla a la pantalla, pensó en él y le llamó para hacerla realidad.

El proyecto había comenzado a gestarse a principios de los setenta, con varias productoras pugnando por los derechos de una de las novelas de fantasía (pues de nuevo, no estamos en un relato de sci-fi o ficción científica) más exitosas de todos los tiempos. El escritor y cineasta Alejandro Jodorowski fue el primero que quiso hacerlo en firme, y convenció (o casi) a talentos como Salvador Dali (que cobraría 100.000 dólares a la hora por interpretar al emperador del universo), Orson Welles, Gloria Swanson, David Carradine, Geraldine Chaplin, Alain Delon, Hervé Villechaize y Mick Jagger para colaborar con él en una megaproducción de diez horas.

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