El nombre de la rosa

A veces no hay ganas de escribir sobre películas. Es un trabajo que puede resultar desesperante y hasta tedioso. Seamos justos: no hay tantas cosas interesantes de las que hablar. A uno le gustaría comentar películas que le hicieran estremecer de genio y belleza, pero eso sucede raras veces, como es lógico. Así que habrá que refugiarse en algunos aspectos de ciertas películas, en los que sí encuentro genio y belleza. Como el Salieri de F. Murray Abraham en la sobrevalorada ‘Amadeus’ (id, Milos Forman, 1984), de la que acabo de ver su superfluo ‘director’s cut’, y así aprovecho y hablo de la carrera y del talento de este intérprete inigualable, y de paso de esa maldición o ese gafe estúpido que lleva su nombre. Y apuro la copa y así me extiendo un poco hacia la absurda figura de las estrellas de cine que, se supone, deben gozar de una carrera impresionante, trufada de papeles sensacionales, con los que poder demostrar su gran talento.

El crítico de cine Leonard Maltin, del que confieso no haber leído nada suyo en toda mi vida (ni ganas, ni por su perfil ni por sus ideas), escribió en cierta ocasión su teoría del “Síndrome F. Murray Abraham”, que intentaba hacer una especie de chiste sin gracia sobre los que ganan el Oscar a mejor actor y su carrera, a partir de ahí, declina de manera irreversible. Más allá de la pertinencia, o incluso los casos verídicos en que a partir de un Oscar el depositario del premio empieza a no tomarse su carrera demasiado en serio (pienso en Julia Roberts, sin ir más lejos), me interesan mucho más las palabras del propio Abraham al respecto, que dicen mucho de su afabilidad y de su grandeza de carácter, además del amor que siente por su oficio:

“El Oscar ha sido el evento más importante de mi carrera. He cenado con reyes, he compartido gastos con mis ídolos, he dado clases en Harvard y Columbia. Si se trata de un mal de ojo, que me den dos. Aunque he ganado el Oscar, aún puedo coger el metro en Nueva York. Y nadie me reconoce. Algunos actores encuentran esto desconcertante. Yo lo encuentro refrescante.”

Puede que otros actores posean una trayectoria mucho más vistosa que la de Abraham, algunos de ellos actores ya legendarios, pero muy pocos pueden presumir de haber elaborado algo tan hermoso como el Antonio Salieri de este hombre. Personalmente, encuentro en esta creación una tan emocionante conjunción de humanidad, pasión, envidia, devoción, sensibilidad, dolor, culpa… Hablando en plata y perdón por la expresión: me parece la hostia. Sin la presencia, el rostro y la voz de este intérprete, la película de Forman (me parece increíble que este cineasta haya ganado dos Oscar a mejor director…) sería mucho más corriente, hasta vulgar. La cámara de Forman indaga en una época y en un personaje mítico con destreza pero sin pasión, con astucia pero sin profundidad. Es F. Murray Abraham (la F. le viene de Fahrid, pues su padre era sirio) el que convierte a esta película, gracias a las escenas en que él aparece, en algo excepcional. Abraham decía que nunca había leído descripciones musicales tan hermosas como las del texto de Peter Shaffer, lo cual es mucho decir. Pero yo nunca he visto a un actor expresar con tanta fuerza el amor de un personaje por la música.

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