A menudo es hasta interesante que la obra de un director, o su vida creativa, caiga en territorios de incoherencia o de fallo absoluto. Esto no le hace menos interesante, si acaso más cuando se le considera una leyenda o una referencia inexcusable en el cine. Algo de eso le pasaba a un poeta como John Ford, en tantas cuestiones estéticas una verdadera antítesis de Bergman, aunque no tanto en lo temático o técnico. Pero en la incoherencia que presenta su obra con su punto de vista sobre cuestiones como la mujer, la violencia o la masacre de los nativos americanos, encuentra uno aún más valor en sus triunfos a la hora de valorar lo primero, cuestionar lo segundo y superar emocionalmente lo tercero. Y con Bergman pasa algo parecido en lo relativo a su amor-odio con las bases mismas del cine como representación y en su búsqueda, para mí absurda, de un simbolismo con el que enmarañar sus creaciones hasta el punto en que se pierde a sí mismo y todo aquello que pretende mostrar o narrar. Tal defecto es recurrente en esta cinta, ‘Esto no puede ocurrir aquí’ (‘Sånt händer inte här’, 1950), pero no es el único ni, me temo, el más grave de todos.
Por lo tanto no resulta nada fácil escribir una película de la que no hay mucho que sacar. Prácticamente nada. A ello se suma el hecho de que la ví una única vez (suficiente, creo, pues su decepción me impediría verla de nuevo de un tirón) y de que se trata, probablemente, de la menos conocida de su director y la más difícil de conseguir. Las únicas copias existentes en mercado doméstico son un VHS de calidad lamentable en la que más que negros vemos grises, y en la que los personajes parecen un borrón, y un DVD que fue editado hace bastantes años por una casa semipirata y que fue la que pude ver yo, aunque su calidad visual no era mucho mejor (es decir, que seguía siendo lamentable, aunque con subtítulos en inglés). Me dispongo así a comentar una película que es muy poco interesante, vista hace un tiempo, casi imposible de ver una vez más y de la que apenas se puede extraer algo, salvo, quizá, que me alegro de que Bergman enderezara el rumbo y se dedicara a proyectos que realmente le movían en su interior, porque nada de lo que hay aquí tiene que ver con su personalidad, y hasta pueden observarse carencias impropias de un cineasta de su talla.
Intento fallido de cine de géneroCuando un cineasta pasional y hasta sensual como Bergman filma una película como ésta, sin la menor pasión y sin la menor sensualidad formal, es que algo está sucediendo. Él mismo no se privaba de despreciar un proyecto (antes y después de filmarlo) que le importaba muy poco, por no decir nada. La historia de este agente secreto de la improbable región de Liquidatzia (que no se sabe muy bien a qué país pretende sustituir, y es sólo uno de los detalles de esta opaca parábola) que acude a visitar a su mujer, un oscuro y poco trabajado personaje que nunca acabas de saber si viene o va o si le importa algo realmente, en una confusa historia de venganzas cruzadas, antiguos amores, triángulos sentimentales (uno más en la filmografía de Bergman, y seguramente el menos punzante de todos ellos), tejemanejes políticos y todo tipo de elementos de intriga y suspense que, más que arquetipos lógicos y hasta eficientes, se vale de una serie interminable de tópicos del subgénero de espías, en un aburrido intento de crescendo dramático que apabulla por su torpeza y su falta de imaginación, y que adolece de una gran incoherencia en las motivaciones de sus personajes y hasta en sus rasgos mínimos de comportamiento.
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