Mañana se estrena el esperado último trabajo de Álex de la Iglesia, ‘Balada triste de trompeta’. No es otra película más de Guerra Civil, como algunos temerán. La contienda aparece únicamente en un prólogo —probablemente, lo mejor del film— que sirve para mostrar la infancia del protagonista y así definir a su personaje. El grueso de la acción transcurre en los últimos meses del franquismo. Por otra parte, los hechos históricos sirven únicamente de marco, pues la historia que se narra es la de un hombre que enloquece por amor y por haber sufrido mucho, un payaso que debe elegir ser triste porque no ha tenido infancia y nunca podría hacer reír a los niños.
Es un film desmesurado, que intenta integrar demasiados elementos, en el que ocurren muchísimas cosas y en el que la trama se va retorciendo sin fin hasta llegar a un final que se podría calificar de despropósito. Podría parecer que de la Iglesia se había alejado temáticamente de sus tendencias creativas, sin embargo, este trabajo encaja con su filmografía esperpéntica, gore, descabellada, de humor negro… la diferencia puede ser que lo haya hecho esta vez más a lo grande, pero no hay variaciones de estilo, sólo de ambición.
La reacción ante ‘Balada triste de trompeta’ sólo puede ser visceral, basada en lo que el film te ha hecho sentir. Me cuento entre quienes encontraron la experiencia poco agradable y confieso que no disfruté el visionado de los últimos minutos, pero no por ello afirmaría que me ha parecido mala, creo que pueden ser cosas compatibles. Yendo más allá podría hasta argüirse que, únicamente porque tiene la capacidad de provocar al espectador, ya es una cinta meritoria, pues de eso se trata el arte, de removerte algo por dentro, aunque sea el desayuno.
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