El cine de terror, ese que intenta ocuparse de mostrarnos los miedos más oscuros del ser humano, debe ser uno de los géneros más complicados que existen, a tenor de las poquísimas películas realmente importantes, imperecederas, que se hacen a lo largo de los años. Luego llegan joyas como ‘La semilla del diablo’ o ‘Alien’, y nos dejan a todos sin palabras, pero, cosa curiosa, suelen erigirse en películas generacionales, totémicas, lo que da una idea del lapso de tiempo que se necesita para que un artista eche a un lado los recursos de baratillo, propios de la riada de realizadores mediocres que lo intentan con más pena que gloria, y sea capaz de volver a asustar haciendo cine de verdad.
No es el caso de la segunda película como director de Olatunde Osunsanmi, una película que trata, o eso parece, sobre el tema de las abducciones en remotas comarcas estadounidenses, que provocan el terror entre los ciudadanos por lo extraño e inexplicable de los casos, y que nos plantean la posibilidad no sólo de estar bastante acompañados en este universo, si no de que nos estén controlando sin que lo sepamos. Pero de nuevo se nos escamotea la posibilidad de asistir a un buen relato de misterio y horror que abra la puerta de nuestras percepciones, a favor de un espectáculo de dudosa factura que se convierte en otra pésima película de género.
Osunsanmi, un realizador que intenta acercarse a un tema espinoso y siempre polémico, no me parece un director capaz de abarcar, siquiera de comprender, todo lo que puede suponer lo que está contando. Pero el caso es que lo intenta con todo lo que tiene, aunque es muy poco. Su objetivo fundamental, sin embargo, no es contarnos una gran y turbadora verdad, que es a lo que se debería dedicar todo cineasta que se precie, si no a montar un espectáculo para hacer dinero. Ahora bien, se esfuerza como un poseso en hacer parecer lo contrario. Y para ello se rodea de un material documental de poca credibilidad que pretende mostrar como auténtico, con la esperanza de que así su relato adquiera mayor firmeza, pero por contra lo que consigue es que el conjunto sea aún más pobre.
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