Horas después de revisitar el clásico de Richard Donner, me fui al cine a ver la nueva versión de ese mítico film. Ya he dicho un montón de veces qué es lo que suponen para mí los remakes. En principio no me interesan absolutamente nada, sobre todo si lo que se hace es una copia exacta del film original. Si por el contrario se coge la idea y se intenta aportar algo nuevo, otra visión del mismo tema, pues entonces ya me interesa más, aunque eso luego no justifica que guste o no. La película de John Moore pertenece al primer grupo, tanto que uno no hace más que preguntarse por qué coño han realizado este remake. Vale, supongo que la única respuesta posible es la taquilla.
Del argumento no voy a hablar porque es excatamente el mismo, cambiando lógicamente la época. Ahora transcurre a partir del 2006. Un embajador americano, etc, etc, etc el anticristo y ya está. Lo dicho, exactamente igual. El colmo de la desfachatez, vamos, porque hay diálogos que son exactos, hasta tal punto que el espectador va por delante en todos los aspectos, no sólo sabe qué va a pasar, también sabe qué van a decir los personajes. Vale, es un remake, y el factor sorpresa no existe, pero podían habérselo currado un poquito mejor.
En el film de Donner casi todo eran virtudes, y aquí es al revés. Para empezar, creo que los actores no son los adecuados, al menos algunos de ellos. Y todos están enormemente desaprovechados, incluída Mia Farrow, quién podría haber otorgado algo de calidad a esta película. Interpreta a la niñera de las narices, y a pesar de que probablemente sea la mejor del reparto, su intervención se limita a poner cara de sospechosa, a gritar un poco cuando hace falta y poco más. Una verdadera pena ver a esta actriz (que tampoco es de las grandes) haciendo un papel tan poco sabroso, a diferencia del original.
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