Impulso Criminal

‘Impulso criminal’ (‘Compulsion’, Richard Fleischer, 1959) es la segunda película que se inspiró en el verídico caso de Nathan Leopold Jr. y Richard Loeb, dos jóvenes que conmocionaron a los Estados Unidos por cometer en los años 20 un asesinato a sangre fría, sólo para demostrar su superioridad intelectual. Un terrible acto que pone en evidencia lo cruel que puede llegar a ser el hombre a pesar de su supuesta humanidad. Un caso escalofriante por lo que representa a nivel moral, que fue recogido en dos obras literarias, siendo la primera de ellas adaptada por Alfred Hitchcock en su magistral ‘La soga’ (‘Rope’, 1948), film con el que el maestro se divirtió filmando la película en un largo plano secuencia, con truco evidentemente. El hoy reputado productor Richard D. Zanuck se estrenó en la profesión con ‘Impulso criminal’, basada en la novela homónima de Meyer Levin, la segunda de las cuales se inspiraba en el atroz caso acontecido en 1924 en Chicago.

Para ello Zanuck, hijo del mítico Darryl F. Zanuck —‘Las uvas de la ira’ (‘The Grapes of Wrath’, John Ford, 1940), ‘Eva al desnudo’ (‘All About Eve’, Joseph L. Mankiewicz, 1950)—, contó con un equipo de altura. Richard Fleischer, que venía de rodar películas como ’20.000 leguas de viaje submarino’ (‘20000 Leagues Under the Sea’, 1954) o ‘Los vikingos’ (‘The Vikings’, 1958), se sentó en la silla de director, y años más tarde reconocería ‘Impulso criminal’ como su película preferida de su nada desdeñable filmografía. Orson Welles, quien no necesita presentación, y Dean Stockwell, niño prodigio de Hollywood, en papeles importantes. En el campo técnico, el montador William Reynolds y el director de fotografía William C. Mellor realizaron dos de sus mejores trabajos. Un debut ejemplar que además se convirtió en uno de los más sólidos alegatos contra la pena de muerte que se hayan realizado jamás a cualquier nivel.

La historia de ‘Impulso criminal’ versa sobre los dos jóvenes Judd Steiner (Dean Stockwell) y Arhtur A. Straus (Bradford Dillman), pertenecientes a familias acaudaladas, y que un buen día deciden cometer un asesinato sólo por el simple hecho de creerse superiores intelectualmente al resto. El crimen no sale como ambos esperan y la investigación policial enseguida se encamina en su dirección. La opinión pública no se hará esperar y todo el mundo pedirá las cabezas de los jóvenes por tan horrendo crimen, algo para lo que servirá el juicio en el que Judd y Arthur serán juzgados, y en el que son defendidos por Jonathan Wilk (Orson Welles), uno de los mejores abogados del país. Así pues el film se divide en dos partes bien diferenciadas, una primera que juguetea con el thriller psicológico, y la segunda, que entra de lleno en el cine de juicios, tan del gusto del público en general.

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